Hoy el Baúl de los recuerdos se abre para comentar que se acerca la celebración del día de muertos. Resulta que, por la pandemia, un buen tiempo, el panteón de Zacatelco estuvo cerrado. Paradójicamente, han sido los días en que ha sido más concurrido; los que saben, comentan que se sepultaron hasta ocho o diez personas al día, cuando el promedio de decesos era de aproximadamente tres diarios. Se llegaron a sepultar personas durante la mañana, tarde, noche y madrugada. Al escuchar estos comentarios, tal parece, que estamos describiendo una película de terror. Sin embargo, todos sabemos que es la realidad y quien escuche este relato en unos 20, 30, 40 años o más quedará asombrado. 

 

Para hablar del panteón municipal y en consecuencia de la muerte. Iniciaré con una conversación que escuché entre dos pequeños de un jardín de niños: Gabriel comentaba “Yo estoy seguro que mi abuelita está en el cielo y desde ahí me cuida”; a lo que Fátima respondió fervientemente: “Eso no es cierto, yo he visto que cuando se mueren los llevan al panteón, rascan un hoyo y ahí los meten, así que lo que dice Gabriel es mentira” … Sentido común.

 

Desde luego, el misterio de la vida, plantea una serie de interrogantes, una de ellas es  conocer el principio de la vida: ¿De dónde proviene?  ¿Dónde vamos cuando morimos? La respuesta, es adornada por un misticismo mágico y artístico, pues la eternidad y el firmamento son inalcanzables para el hombre. El rango heroico, la autoridad sobrenatural, el culto a la personalidad, los dones y privilegios, sólo son conceptos terrenales del individuo. Con el paso del tiempo, la eternidad anulará su memoria.

 

La relación del pueblo, con el más allá, está entrelazada  con la suntuosidad de la tumba que se hace al difunto, pero esta correlación sólo es sentimiento casual, que el vivo mantiene con el extinto para sentir que conserva un lazo de unidad con él. Dentro de este argumento de inmensidad, a la que los hombres llamamos civilización, han y siguen realizando actos y objetos artísticos dedicados al hecho mortuorio, pues todas esas civilizaciones, son producto de la rigurosa necesidad de morir: el cuerpo se oculta bajo la tierra, como semilla que deberá nacer en otro sitio, pero esto sólo es idea inherente a los ritos de fertilidad temporal, pues todo es absorbido por esa eternidad.

 

Cuando los grupos humanos dejaron de ser nómadas, se destinó una parte del terreno  para enterrar a sus muertos. Con la llegada del cristianismo, se crea la idea, de que si está cerca del templo o dentro del mismo, el difunto no irá al infierno, por lo que los cementerios se forman alrededor de los templos.  En algunos pueblos se destinó un lugar para enterrar a sus deudos y le dieron el nombre de necrópolis (ciudad de los muertos) 

 

La palabra panteón, cementerio o camposanto significa “Templo de los dioses” o “Dormitorio” proviene del griego “koimetérion”. En sus inicios, el lugar favorito para sepultar a los difuntos era el atrio de las iglesias. El piso del atrio de la parroquia de Zacatelco, conserva algunas lápidas.

 

En la entrada principal del panteón municipal de Zacatelco, que se ubica en la avenida la Piedad  -antes la calle se llamaba “el último suspiro” y el barrio era “sal si puedes”. Este dato se corroboró al consultar escrituras de los predios, que revisó Juan Hernández, “el oaxaco”-  al levantar la mirada podemos ver en la parte de arriba una inscripción que dice a la letra: 

 

  “La Piedad” Panteón construido  con la cooperación del pueblo a iniciativa del H. Ayuntamiento  y de los agentes municipales. Fue inaugurado por el señor Isidro Candía,  Gobernador Constitucional del Estado, siendo Presidente Municipal el ciudadano Juan B. Juárez; 2 de noviembre de 1938; Secretario, Luis J. Corte; agentes municipales: José María Morales Rojas, Ezequiel Salvatierra, Félix Salgado, Concepción Morales, Gabino Lara, Rodrigo Montiel”.

 

En las oficinas del panteón, existe una placa que dice: “Este panteón fue reconstruido el año de 1985; siendo Presidente de la República el C. Miguel de la Madrid Hurtado; Gobernador del Estado el C. Tulio Hernández Gómez; Presidente Municipal Constitucional el C. Salomé Pérez Picazo; Secretario, Medardo Textle; Tesorero, Francisco Torres; Síndico Municipal, Cándido Vargas Herrerías; regidores: Amador Gochez X., Marcelo Meza D., Samuel Montiel Z., Rosario Matamoros Ch., Gerónimo Meneses M., Leopoldo Cuayahuitl T.”.

 

En la fuente que se encuentra casi a la entrada, existe otra placa, que hace mención de la remodelación del agua potable en el año 2001, cuando era Presidente Municipal el C. Víctor Manuel Báez López.

 

Al administrador del panteón, comúnmente se le llama  “panteonero” su trabajo es limpiar los pasillos, lavar los tanques del agua, asear los baños, evitar que se hagan desordenes dentro del camposanto, orientar a las personas,  e invitar a quienes llegan a enflorar  a poner la basura en el  lugar adecuado. Desde luego,  su responsabilidad,  no termina ahí, pues cuando llega un nuevo huésped hay que revisar que los documentos estén en orden, registrar a los familiares, revisar el permiso de tumba, ver el lugar donde se va a sepultar a la persona, y desde luego, quien va a rascar la sepultura.   En el panteón existen personas que se dedican a rascar las sepulturas se llaman sepultureros. Una costumbre común de los rascadores es pedir una dotación de aguardiente, charanda o alguna otra bebida que, según ellos, ahuyenta los males.

 

Existen tumbas con fechas anteriores a 1938, que es la fecha que indica su inauguración. Aquí cabe la posibilidad de que algunas se encontraban en el atrio de la iglesia y fueron trasladadas a dicho lugar. La otra opción es que el panteón se comenzó a utilizar mucho antes de que fuera inaugurado.

 

De acuerdo s las estadísticas, antes de la pandemia, se sepultaban aproximadamente 1000 personas al año, es decir, un promedio de tres personas diarias aproximadamente.

 

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