Hoy el Baúl de los recuerdos se abre para comentar que en la actualidad se disponen de magníficos estudios sobre el ejército que abordan cuestiones que no habían sido atendidas debidamente como, por ejemplo: las estrategias militares, las fuentes de financiamiento, las ordenanzas, la deserción, el reclutamiento y la influencia del clima y otros factores en las batallas. Pero aún quedan algunos aspectos por estudiar con mayor profundidad como el comportamiento cotidiano de los soldados en el cuartel y en los enfrentamientos, y saber cómo hicieron los oficiales durante la guerra de independencia para lograr que un recluta controlara sus emociones y combatiera sin miedo.

 

La búsqueda de gloria, de prestigio, de ascenso y reconocimiento social, de un salario atractivo, del botín de guerra y de los premios y ascensos militares pudieron ser para muchos soldados novatos los alicientes para vencer el miedo que se experimenta durante los combates. Pero también se ha podido ver que en todas las guerras se han utilizado todo tipo de drogas para inculcar valor a sabiendas que el miedo inmoviliza a cualquier persona. Esta práctica generalizada derrumba el mito creado por varios historiadores –sobre todo los encargados de escribir la historia oficial- que hicieron creer que el amor a la patria o la defensa de ciertos principios políticos fue lo que animó a los combatientes para no experimentar este sentimiento tan natural.

 

Es normal que un soldado sienta miedo ante cualquier peligro.  Por tanto, su instinto de conservación puede imponerse a la rígida disciplina que impone el ejército y con eso romperse la improvisada cohesión de las unidades militares. Un ejemplo, lo tenemos en la batalla de Puente de Calderón, cerca de Guadalajara, en enero de 1811, cuando miles de indígenas insurrectos abandonaron despavoridos el campo de batalla al estallar una granada de mano, el estruendo asustó tanto que cada quien buscó salvarse, sin hacer caso a ninguna de las órdenes de los oficiales.

 

Desde el establecimiento del ejército regular de la Nueva España en 1765, hubo informes de que los soldados y oficiales de las guarniciones encargadas de custodiar las plazas consumían aguardiente, mezcal, vino o pulque.

 

Aparte, algunos estudiosos han destacado la vida difícil que se llevaba dentro del cuartel o en el campo de batalla por las múltiples privaciones y los malos tratos que recibían los subordinados de los altos mandos. Para retenerlos, animarlos y evitar deserciones, sublevaciones y otros comportamientos que afectaran la disciplina militar hubo que buscar “ciertas válvulas de escape” que amortiguaran los sufrimientos cotidianos. Unas de ellas fueron los juegos de azar y el consumo de bebidas embriagantes, aunque lo prohibieran las ordenanzas militares.

 

El historiador Juan Marchena Fernández menciona que en todos los destacamentos había “viciosos de la bebida”, quienes con frecuencia ocasionaban disturbios o cometían actos reprobables bajo los efectos del alcohol, lo que daba lugar para que muchos fueran arrestados. Añade que los dormitorios de los soldados eran verdaderas cantinas surtidas de una buena cantidad de licor, tal era la extensión del consumo, que un gobernador llegó a proponer que “trago y tabaco” debían ser considerados como alimento.

 

El investigador Christon I. Archer cita que muchos soldados españoles enviados a América eran delincuentes menores o alcohólicos y menciona que cuando el capitán Fernando Villanueva inspeccionó a los veintiún oficiales encargados del entrenamiento de las milicias fronterizas de Colotlán (parte de Jalisco) encontró que la mayoría eran borrachos, tahúres o conspiradores y el sargento Vicente Nava, bebía al grado de perder la razón.

 

El historiador William B, Taylor, describe como se había extendido la embriaguez en buena parte de la Nueva España, alcanzando niveles alarmantes. Durante la invasión napoleónica a España, cuando se formaron las primeras compañías regulares para defender a la Nueva España de una posible ocupación francesa, el obispo de Michoacán Manuel Abad y Queipo recomendó al Virrey Pedro Garibay que a los soldados se les pagara en especie, porque con esto se lograba que estuvieran bien alimentados y en forma para la guerra y se evitaba que gastaran su dinero en bebidas embriagantes, como estaban acostumbrados.

 

Al estallar la guerra de independencia, fue más difícil controlar la producción y el tráfico de bebidas embriagantes porque ambos ejércitos insurgentes y realistas, requirieron de estos estimulantes para alentar a los combatientes.

 

El mezcal en sus distintas presentaciones, así como el aguardiente, fueron las bebidas que más se consumían durante la guerra. El vino traído de España escaseó mucho por el bloqueo que impusieron los insurgentes al Puerto de Veracruz. Fue tal la carencia que el insurgente, sacerdote Fray Servando Teresa de Mier se vio en la necesidad de celebrar una misa con mezcal, en lugar de vino, por lo que fue cuestionado.

La mayoría de los informes que reseñan la entrada de insurgentes a pueblos, villas y ciudades recalcan que se efectuaron en medio del desorden y saqueo de casas y tiendas de donde obtuvieron dinero, alimentos, ropa, armas, caballos y mezcal y aguardiente, productos que eran tan necesarios como cualquier otro. Lucas Alamán escribe que cuando los rebeldes llegaron a Guanajuato, se dedicaron a beber sin restricción alguna.

 

También se encuentran referencias de que Ignacio allende era adicto al alcohol, en algunos reportes se refiere como el “ebrio Allende”. Existe correspondencia y documentos que constatan la presencia de alcohol tanto del lado insurgente como del lado realista. Por mucho tiempo se creyó que tales aseveraciones eran difamatorias y que tenían como propósito desprestigiar a los contrarios, pero no deben desecharse porque no son del todo falsas.

 

Del lado realista también se encuentran en la correspondencia muchas menciones cortas sobre el consumo de aguardiente o mezcal.

 

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