Hoy el Baúl de los Recuerdos se abre para comentar que era el año de 1901, cuando la ciudad de Buffalo, Estados Unidos, era sede de una Exposición Panamericana a la que México había enviado una representación. Una mañana, algunas personas de la comitiva nacional tomaban el almuerzo en el restaurante del Women´s  Educational  and Vocational Union Building. Entre ellos destacan el capitán Víctor Hernández Covarrubias y Antonio Rivera de la Torre, periodista de El Imparcial.

 

Aquel restaurante era frecuentado por un modesto viejecito catalán que era pianista y maestro de canto, quien era muy popular entre la comunidad de aquella ciudad. Tal, como lo relató meses después el periódico mexicano “El Tiempo”: cuando la persona que atendía las mesas se percató de que aquellos comensales hablaban español, le pareció una cortesía presentarlos. Así se dirigió al Capitán Hernández y le dijo “aquí hay un señor que habla español y que a usted como mexicano le ha de simpatizar, pues compuso una pieza musical que en su país se toca mucho. Se llama Jaime Nunó”.  

 

Los mexicanos no lo podían creer. Si era cierto lo que ella decía, el maestro Nunó, a quien se consideraba muerto, se encontraba a sólo unas mesas de distancia, a punto de desayunar. El capitán y el periodista se acercaron al hombre, quien quizá con asombro, los saludó respetuoso. “Lo conozco a usted, es el autor de nuestro himno”, sentenció Hernández. A lo que Nunó respondió: Sí. ¿Pero cómo, aún se toca ese himno en México?”.

 

Resulta que, en 1853, el general Antonio López de Santa Anna se encontraba en la Habana. Procedente de Colombia, se dirigía a México para asumir la Presidencia de la República. Es invitado para asistir a un concierto donde intervendría una contralto mexicana. Al término, Santa Anna pide conocer al joven y talentoso pianista que ha acompañado a la cantante. Se trata del oficial del ejército español e instructor de la Banda del Regimiento de Infantería de la reina. Arribó a la isla en octubre de 1851 con la encomienda de coordinar musicalmente los actos oficiales de la Corona y las bandas locales. Es Jaime Nunó Roca, originario de la región de Cataluña.

 

Santa Anna le comenta que viene a México para ser nombrado Presidente de la República y le ofrece trabajo. La oferta incluye su alta en el ejército mexicano con el grado de capitán y el puesto de director general de todas las bandas, y claro, un jugoso sueldo. Nunó no lo pensó mucho y dos meses más tarde ya estaba en México, se instaló en una céntrica casona ubicada en la calle Venustiano Carranza, en la Ciudad de México.

 

Durante su estancia en el país, el artista se dedicó a la par de reformar a las bandas militares, a impartir clases particulares de canto y piano, fundó el “Semanario Musical” e intentó fundar el Primer Conservatorio Nacional de Música, Declamación y Baile, situación que no se realizó.

 

Pero como todos sabemos. Nunó escribiría su capítulo principal en la Historia de México al componer la música del Himno Nacional, sobre los versos del poeta potosino Francisco González Bocanegra.

 

Ante la convocatoria lanzada por Santa Anna para otorgar a México un himno nacional. Nunó decidió participar en el certamen de forma anónima. Además, pidió a su amigo Narcís que transcribiera su composición, para voz y piano, incrustada dentro del género de la ópera italiana, fue entregada bajo el título “Dios y libertad” y firmada con las iniciales J.N.

 

Nunó ganó el concurso. El himno nacional se estrenó el viernes 15 de septiembre de en el teatro Santa Anna.

 

Tras el derrocamiento de Santa Anna, Nunó abandonó México y continuó su carrera en Estados    Unidos. Volvió en el verano de 1864 a la Ciudad de México, como director orquestal de la compañía de ópera de Domenico Ronzani, que fue invitada para ser parte de las recepciones que se organizaron al Emperador Maximiliano de Habsburgo.

 

Pero esa visita pasó sin pena ni gloria: Además su himno ya no se tocaba. Los gobiernos liberales lo habían desechado. En su lugar optaron por tomar a la Marcha Zaragoza, como himno nacional.

 

En los últimos años del siglo XIX , el presidente Porfirio Díaz recuperó el himno de Nunó y Bocanegra , y comenzó a utilizarlo de manera frecuente en los actos oficiales. En 1901, tras ser redescubierto por aquel grupo de mexicanos en Buffalo, Díaz decidió invitarlo a México para rendirle un homenaje.

Arribó a nuestro país por Ciudad Juárez, y desde ahí emprendió una gira rumbo a la capital. En cada pueblo fue recibido como una verdadera celebridad. En 1904 volvió para dirigir la orquesta militar nacional que interpretaría su celebrada melodía en el marco de los festejos del cincuenta aniversario de su composición.

 

Murió en julio de 1908 a los 84 años. En 1942 sus restos fueron traídos a México, procedentes de los estados Unidos. Hoy descansa en la Rotonda de las Personas Ilustres y es, después de Pablo Sidar Escobar es el segundo extranjero sepultado ahí. Sería hasta 1943 que el Himno con música de Nunó, sería reconocido oficialmente como el himno nacional mexicano por el general Manuel Ávila Camacho.

 

   Bibliografía: Ricardo Lugo Viñas.

Revista: Relatos e historias vol. 00148; pag. 78,79.80.81

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