Mi amigo Javier Quiñones, el mejor conocedor en materia de encuestas en Tlaxcala, considero, me ha dicho luego de la penúltima encuesta de Mitofsky, rumbo a la elección de gobernador, que, en número netos, Lorena Cuellar le llevaba una ventaja de unos ochenta mil votos a Anabel Ávalos, en ese momento.

 

Su vaticinio era, por lo tanto, que no había forma de quitarle esa ventaja por mucho que hicieran sus contrincantes.

 

Eso nos confirmaba a nosotros la impresión que teníamos desde finales del 2018.  Que el primer escenario del futuro a tres años, que estamos viendo ahora, era efectivamente que la delegada de programas federales en nuestra entidad ganaría la elección.

 

Pero, desde entonces lo hemos dicho, eso no era, ni es, tanto por méritos de la propia Lorena, sino por el posicionamiento de la marca morena, más que del partido como tal, en el ánimo ciudadano.

 

Dijimos, en diversas mesas de análisis y en artículos de opinión, que sólo ella y la senadora Ana Lilia Rivera, en ese orden, tenían posibilidad de ser candidatas a la gubernatura por morena y desde luego sus aliados.  No considerábamos entonces que la oposición, principalmente PAN y PRI, pudieran lograr una alianza electoral; pero cuando nos sorprendieron, también señalé que Anabel sería la abanderada, ante el deceso de quien pensaba estaba mejor posicionado, es decir el entonces secretario de educación del gobierno de Marco Mena.

 

E insistí mucho, en que, a pesar de ello, quien tenía más probabilidades de hacerse del cargo de titular del ejecutivo era Lorena Cuellar.  Algún amigo periodista, entre broma y verdad, me decía entonces que ya no hubiera elección y nos fuéramos a casa a esperar.

 

Desde luego matizaba diciendo que, en nuestro análisis, no en nuestra creencia y menos preferencia personal, concluíamos que había, como digo arriba la suficiente ventaja como para ver lo que estamos viendo ahorita.

 

Amigos pro priistas, panistas y uno que otro oportunista, me comentaban un poco desangelados que ellos veían una competencia cerrada.  Y que la ganadora podría ser Anabel, porque, ¡oh Dios mío!, se impondría con trampas.

 

Veíamos realidades diferentes.  Analizábamos con parámetros distintos.  Desde luego que nuestras inclinaciones ideológico partidistas también jugaban.

 

Nosotros consideramos que el factor principal del triunfo morenista, más que lorenista, fue su identificación con el discurso del presidente Andrés Manuel López Obrador.  Esa idea de que México vive una cuarta transformación (vimos a los morenistas en campaña haciendo la seña de cuatro con sus dedos de la mano), para acabar con el régimen corrupto, neoliberal, identificado precisamente por los gobiernos federales de los últimos treinta años, que los priistas, Salinas, Zedillo y Peña, más los panistas Fox y Calderón, representaban.

 

El PRIAN, como mejor será identificado ese frente electoral, tenía entonces enfrente a un enemigo que discursivamente era muy difícil de vencer o por lo menos atacar.  Su campaña sucia pareció dar resultados durante la primera quincena de campaña, pero conforme se avanzaba el debate y les respondían de la misma manera, las preferencias preelectorales ya no se movieron y se mantuvieron en los términos que la encuesta de Mitofsky, mencionada arriba señalaba, y se ratificaban en su último ejercicio similar.

 

Así, los ochenta mil votos de diferencia que mi amigo Javier había calculado y que yo nunca verifiqué, se reflejaron, en cierta manera, con lo que arrojó el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP) del Instituto Tlaxcalteca de Elecciones.  Con casi el ochenta por ciento de las actas capturadas, en su último corte del 7 de junio a la 20:00 horas, Lorena tenía una ventaja de 58,567 votos válidos.  Ya veremos en el conteo oficial cual es la diferencia definitiva y qué tanto ello ya se percibía de antemano. En las encuestas serias, claro y en los comentarios de los ciudadanos de a pie, tanto en las calles de la realidad real, como en las llamadas redes sociales, de la realidad virtual.

 

Por lo tanto, estaremos viviendo, lo que la teoría de la ciencia política, no la de la sociología política, nos permitiría llamar la cuarta alternancia en el poder ejecutivo local de Tlaxcala en su historia.  Concepto que no quiere decir otra cosa más que el hecho simple de que el partido en el poder pierde la elección, frente a la oposición.

 

Hagamos un igual simple recuerdo de las tres anteriores, y dejemos para después el análisis sociológico de lo que esperaríamos del nuevo gobierno:  primero en 1998, el PRI perdió frente a la coalición encabezada por el PRD y su candidato Alfonso Sánchez Anaya; luego en 2004, el PRD perdió ante la coalición encabezada por el PAN y su candidato Héctor Ortiz Ortiz y finalmente en el 2010, el propio PAN perderá frente al PRI y su candidato Mariano González Zarur.  Todos estos personajes de origen priista igual que Lorena Cuellar.  ¿Por eso se puede decir que nada cambia realmente?  Desde luego que no, el tema y el caso son más complejos.

 

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