Por qué somos incapaces de quitarnos el mote de tratantes

 

Puede ser una imagen de al aire libreSurge hace más de un año, de esta forma, el tema de la trata de personas. Es tiempo electoral en Tlaxcala, pero la respuesta de la autoridad es vomitiva: "llevamos obras de teatro a plazas como Tenancingo para alertar". ¿Eso fue todo?

 

Es que la trata no es solo el enamoramiento de la víctima, y luego mil artimañas para explotarla sexualmente. La trata es venta de personas, operado desde aquí para plazas internacionales. La trata es venta de sus órganos. Es obligar a víctimas a desempeñarse en trabajos forzados. Es la explotación de niños pidiendo limosna en cruceros, en estacionamientos, afuera de centros comerciales.

 

Ni siquiera nos imaginamos que por ejemplo una mujer sosteniendo a un niño en brazos forme parte de un grupo de tratantes de niñas y niños sustraídos de sus hogares, de hospitales. Robados en la calle, en el camino a la escuela. Enganchados a través de alguna red social, donde les lanzan anzuelos en forma de beneficios, de diversión de entretenimiento.

 

Tenemos una fiscalía contra la trata, con personal, vehículos, membrete. Pero yo, todos los días me entero de una desaparición. Todos los días veo a niñas y niños obligados a pedir limosna. Se hallan en cuadrantes, en territorios delimitados por esos grupos que han visto el gran negocio en este momento en que la brecha entre ricos y pobres se hace todavía más grande.

 

Uno quisiera ver en la cárcel a los operadores de esos grupos de trata de personas; a sus cómplices jueces, emepés, pseudoactivistas, diputados senadores, haciéndola cansada para sacar más dinero. Mientras, siguen sin novedad aquellos cuadrantes, santuarios de impunidad como Tenancingo y lugares aledaños, donde revienta la presencia de policías, de cualquier nivel, como aquella patrulla que cobró notoriedad cuando sus tripulantes se atrevieron a entrar a una zona como lo es San Miguel, restringida por esos grupos dedicados a la complejidad de actividades relacionadas con la trata.

 

Eso, gobernadora Lorena Cuéllar, es el enemigo al que debiera usted declarar una guerra sin tregua.

 

Pedir ayuda nacional e internacional, primero para entender el papel que jugamos como lugar de enganche a nivel global. De aquí, nos dicen, salen entregas de niñas o niños hacia potencias económicas donde, los clientes millonarios harán ¿Qué, explotarlas sexualmente, devorarlas, negociar con sus órganos o simplemente  tenerlos como objetos de su propiedad?

 

Cuando la veo, gobernadora Lorena con esa actitud entre angustiante, con un maquillaje que impresiona, y sin gran contenido social en su contento por haber cumplido un año de arrasar en las urnas, me pregunto ¿hasta ahí llegó su esfuerzo?

 

¡Bravo!, vino Adán Augusto, Claudia Sheimbaum, Mario, Citlalli, el infiltrado de Frenna, Lalo España, acarrearon a muchísima gente... ¿Y, después de ese despliegue de recursos el estado mejoró?

 

No gobernadora. Le puedo decir que estamos peor. Hoy vivimos el mutismo oficial sobre el abuso del potentado de la camioneta negra, de la casa de gobierno, parando el tráfico para dar paso a su prepotencia.

 

El mutismo sobre la ausencia notoria de una conducta con austeridad republicana, o franciscana, como dice el presidente Andrés Manuel López Obrador. 

 

¿Por qué los vehículos nuevos arrendados  a través de su gobierno con algún aspiracionista desbordado?

 

Igual, silencio sobre la ampliación de 800 millones a Prensa. Las raras inversiones en La Vista.

 

¿En eso nos gastamos el presupuesto?

 

¿Por qué no rompemos el cerco de impunidad en Tenancingo, y comprobamos si en verdad hay fosas clandestinas en las cosas esas que parecen ermitas?

 

¿Qué le hace falta, Lorena, para acabar con el mito de prisiones dentro de esas grotescas construcciones, y sótanos, y túneles?

 

¿No le alcanza su  enorme capital, electoral, político; su cercanía con el Presidente, y sus cuates machuchones para combatir en serio la trata, la impunidad y la corrupción?

 

Si así fuere, qué decepción. Seguimos sufriendo como antes. Alguien llegó y nos ofreció una transformación.

 

Francamente cambio no hay.