Si en las calles abundan los delincuentes, si en fraccionamientos hay vecinos nuevos y de comportamiento  extraño, si los patrullajes menguan al paso de los días, eso quiere decir que Tlaxcala no se ha librado de caer en las garras de grupos organizados de la industria del crimen.

 

¿De dónde sale tanto criminal y por qué deciden invadir Tlaxcala?

 

Cada día que les amanece despiertan produciendo dinero. Desde los habilidosos hackers haciendo retiros de las cuentas bancarias, clonando tarjetas de débito y crédito, hasta los extorsionadores que, llaman y llaman por teléfono hasta que sorprenden a un incauto con el engaño de la hija secuestrada, o el pariente en desgracia que pide un depósito de emergencia.

 

Son aspiracionistas del crimen. Viven de una clase media vulnerable a sus ataques y generan millones en pérdidas a gente que queda en el desamparo.

 

Los violentos

 

¿Para qué se usan las armas si no estamos en tiempo de guerra? ¡Para hacer fortuna!

 

Son expertas y expertos en el manejo de pistolas, rifles, puñales. Poseen la técnica para matar a golpes a la gente. Si pueden conforman comandos y cobran fama derramando sangre.

 

¿Sus especialidades?

 

Extorsionar a comerciantes prósperos, imponiendo cuotas impagables por el solo hecho de existir.

 

Cuotas periódicas por las que pasan casi de una forma cortés, pero su incumplimiento activa un reloj de terror que lo mismo secuestra seres queridos que rocía de plomo los negocios; plomo escupido por armas asesinas o plomo de la gasolina con la que rocían instalaciones, mercancía y gente. Y le prenden fuego si no hubo el pago correspondiente.

 

 

Son despiadados, se drogan. Para ellos vale lo mismo la vida de un niño que la de sus padres. Solo quieren dinero, y si no lo consiguen rompen familias, acaban con la paz de la gente.

 

Si hoy así ganaron miles, mañana serán cientos de miles. No les interesa la gente. Esa es la industria del crimen. Poco a poco nos ha invadido por los cuatro puntos cardinales.

 

Cuentan con la colaboración de malos policías. Hasta pueden ser los propios policías, equipados con patrullas y armas, y con el único fin de arrancar el dinero así tengan que formar ríos de sangre.

 

Patrullajes acompañados

 

Convoyes de patrullas municipales, estatales y de la Guardia Nacional vigilan ciudades y pueblos. A su paso inhiben a los delincuentes y eventualmente hacen detenciones, desactivan pequeños grupos. Pero tienen varios puntos débiles: 1. Están infiltrados por delincuentes con uniforme. 2. En cuanto se alejan, así de rápido reactivan los grupos de delincuentes, casi como una burla de ese esfuerzo interinstitucional.

 

¿Cuál es el fondo?

 

Cientos de patrullas aguardan pacientes que algún tripulante algún día las conduzca por rutas de seguridad.

 

Son un indicativo incuestionable de un déficit histórico de elementos.

 

Mediciones internacionales nos asignan diez mil policías por cada millón de habitantes.

 

En Tlaxcala somos más de un millón de habitantes pero los uniformados no llegan a 2 mil.

 

Es decir, contamos con cuatro veces menos policías de los que recomiendan las instituciones dedicadas a analizar las tasas de criminalidad en los estados.

 

¿Cuatro veces menos?

 

Y, ¿al menos esa quinta parte de efectivos es confiable?

 

No.

 

¿Cómo se dio esa baja?

 

Sexenio tras sexenio el tema de la Seguridad Ciudadana se convirtió en un dolor de cabeza.

 

El problema estiba en que del presupuesto seguirían cobrando unos siete mil policías. Pero en los cuarteles y por consecuencia en las calles no hay más de dos mil.

 

¿Quién cobra los restantes cinco mil puestos de policía?

 

He ahí la incógnita. El reto del actual gobierno para indagar en su organización interna ese elevadísimo déficit de personas de carne y hueso devengado el salario asignado como vigilantes.

 

Cinco mil sueldos que engrosan cuentas de potentados, o justifican agentes comisionados, o por qué no llamarlo con todas sus letras, constituyen un verdadero ejército de aviadores.

 

Dos veces y media el número real de policías.

Pagamos a fantasmas  para cuidarnos.

 

Aceptamos sin darnos cuenta los negocios más desquiciados, como ese de tener estacionados cientos de patrullas, por las cuales puntualmente pagan el  correspondiente arrendamiento.

 

Mientras, ¿les parece que 500, tal vez mil o quizás dos mil maleantes (más que los policías existentes) tienen la misma oportunidad que los guardianes del orden?

 

Es decir, la realidad nos lleva a suponer que así como ven ustedes a las patrullas haciendo rondines, en la misma proporción circulan unidades comunes y corrientes pero cargadas de criminales.

 

Pero, ¿no es njusto que el presupuesto se desvanezca cubriendo el costo de un servicio que en realidad no prestan?

 

Es un tremendo fraude del gobierno contra el presupuesto de todos los tlaxcaltecas.

 

Con razón la trata de personas no se comporta como el delito más visto en Tlaxcala, sino como el negocio más productivo al cual cuidan los mismos policías.

 

¿Y  la extorsión, cobro de piso, secuestro exprés, robo, usura, sicarismo y existencia de patrullas apócrifas, por qué lo toleramos?

 

He ahí el enorme reto de las autoridades.

 

El cambio consiste en combatir los pagos fraudulentos con dinero del presupuesto.

 

Si las escaleras se barren de arriba hacia abajo, yo diría que la casa debe comenzar a limpiarse por dentro, porque ahí está la podredumbre. Eso que hiede, que huele a rata muerta, a agua negra, a heces apelmazadas sexenio tras sexenio, y que a nosotros simples mortales no nos explican.

 

Simplemente vemos mandriles tripulado camionetas último modelo pintadas como patrullas. Pero ni idea tenemos de lo que cuesta cada rondín.

 

He ahí el éxito de la delincuencia.

 

Los vulgares rateros se exponen a ser capturados y exhibidos. En la peor de sus suertes los linchan hasta dejarlos muertos.

 

Pero los que hacen negocio con las plazas de policías pagando a fantasmas para que nos cuiden. Esos, esos son los verdaderos delincuentes. Los originales, los machuchones, los que deberían ir al paredón.