La temporada vacacional representa un momento especial para acercarnos a la lectura, a esos libros que hemos acumulado durante el año sin poderlos hojear por causa de las rutinas del diario vivir, sin esperanza aparente de un tiempo y espacio personal, íntimo, dedicado al libre flujo de la imaginación; gozando del placer, de la grata compañía de pocas, pero doctas obras (literarias) juntas, como aconsejaba fray Luis de León, desde un apacible huerto en el siglo XVI.

 

"La fiesta fantasma en la escalera", de Adelaide Claxton.

Desde luego, el “mundanal ruido” que sufría fray Luis en la España de Felipe II en nada se parece al entorno social de nuestros días, donde vivimos y somos parte, acaso de manera involuntaria, de una transformación radical de los sistemas educativos que son, por naturaleza, más conservadores que otras organizaciones donde las leyes del mercado vencen cualquier arraigo a la tradición, para imponer sus modelos de conducta, según los experimentos de Skinner.

 

En efecto, la era digital parece haber embarcado a la humanidad en un poderoso Titanic, a prueba de cualquier naufragio, y avanza segura por los antiguos océanos, para demostrar, entre otras cosas, que todos los libros del mundo, los que se han escrito y los que no, caben en una cáscara de nuez, o, mejor dicho, en un microchip, en una pequeña cabeza de alfiler, desde la cual se puede mirar la profundidad del universo en todas sus dimensiones.

 

Pero al avance irracional de las nuevas tecnologías siempre opondremos los aportes de las artes y, en especial de la literatura. Así, por ejemplo, Jorge Luis Borges, ya había imaginado, en “El Aleph”, que desde un punto de visión especial se podría gozar del cosmos, y otros escritores como Julio Verne, Aldous Huxley o H. G. Wells predijeron inventos que después certificaría la ciencia.

 

Y para continuar con esta fantasía, en medio del imperio de las redes sociales, aparece la obra de Juan Carlos Diez, “Libros malditos, malditos libros”, joya literaria no sólo para los iniciados en los placeres de la palabra escrita o para aquellos bibliófilos empeñados en abultar sus colecciones, sino para el gran público, deseoso de la clave de acceso a la obra germinal de sus vidas, pues según Mallarmé, “El mundo existe para llegar a un hermoso libro” y, entonces, corresponde a cada quien emprender el camino de dicha revelación verbal.

 

Los “Libros malditos, malditos libros” se compone de 60 relatos breves que registran la historia de diversos tópicos del mundo editorial, empezado por las manías de los autores, los lectores y, especialmente, los bibliófilos; constituidos en una secta, a la altura de la congregación de ciegos que recreó Ernesto Sábato en su novela “Sobre héroes y tumbas”. Este grupo de sibaritas encarna las virtudes, vicios y perversiones de cualquier personaje del mundo del hampa, capaz de saquear bibliotecas monacales, corromper, transar o asesinar por un manuscrito legendario o un incunable.

 

En esta retahíla de personajes sin escrúpulos, cobran fuerza las caracterizaciones de aquellos que sienten especial predilección por los libros forrados con piel humana, la cual puede obtenerse de la espalda de una joven condesa enamorada o de algún criminal desollado; también hay algunos, como el escritor Guy de Maupassant, quien procuraba la presencia en su escritorio o en la pared de su estudio, de una mano disecada, la cual solía estrechar, lo imaginamos, en las horas de esterilidad creativa, ritual que repitió hasta que acabó en un manicomio.

 

Destaca, asimismo, la vida del célebre autor ruso Nicolás Gogol, quien siempre tuvo miedo de ser enterrado vivo y, mientras vivió, tomó todas las previsiones del caso, para lo cual advertía a sus amigos y allegados que se cercioraran de que, llegado el momento, él estuviera la suficientemente muerto para iniciar su traslado a la última morada; pero resulta que en tiempos de Stalin fue removida su fosa y se descubrió que Gogol había forcejeado con su mortaja, tratando desesperadamente de huir de su ataúd, incluso nunca se encontró el paradero de su cráneo, lo cual dio motivo a una teoría conspirativa.

 

Pero en los ámbitos de la necrofilia, figura “El asunto tenebroso” de Dante Gabriel Rossetti, pintor y poeta británico de origen italiano, quien decidió enterrar sus poemas junto al cadáver de su esposa Elizabeth Siddal, pero tiempo después decidió recuperarlos y fue a remover los restos de su amada, a quien por cierto comparaba con la bella Beatriz de Dante Alighieri. Rossetti se había imaginado que los textos exhumados eran obras de arte inmortales, pero una vez entregados a la voracidad del gran público, resultaron muy inferiores al ego de su autor. Como quiera, nuestro pintor imitó, en el mundo real, el relato “Berenice” de Poe.

 

A este elenco habría que sumar al memorable Marqués de Sade, quien, recluido en la Torre de la Bastilla, continuó maquinando sus aventuras de maniático sexual, gracias al apoyo de su fiel esposa, que lo proveía de los alimentos terrestres y también de los del espíritu, pues gracias a los rollos de papel que le llevaba, pudo escribir Las 120 jornadas de Sodoma, manuscrito que sobrevivió a las llamas libertarias del 14 de julio de 1789; lo cual demuestra que no sólo las obras pías son arrancadas del fuego, también los libros perversos tienen sus santos patronos.

 

¿Y qué decir de los libros infames?, pues que también tienen sus lectores, como ha ocurrido con “Mi lucha” de Adolfo Hitler, obra que concentra el veneno doctrinario de este líder brutal, quien la compuso en sus años de reclusión, cuando fallara en su primer intento de golpe de estado. En su historia de hombre civil, Hitler destaca por el tierno amor a su madre, y su gusto por Cervantes, Shakespeare y “Robinson Crusoe”, aunque también tenía predilección por los hedores de los cadáveres putrefactos, según lo refiere Erich Fromm al ocuparse de este antihéroe. Lo cierto es que antes de 1945, Hitler había vendido más de diez millones de ejemplares de “Mi lucha”.

 

Los “Libros malditos…” es un generoso incentivo a la lectura; una mina por explotar.