La lucha contra la corrupción representa un enorme reto no solo para las presentes y futuras administraciones federales, estatales y locales o poderes públicos (ejecutivo, legislativo y judicial), así como para los organismos autónomos, las corporaciones privadas y por supuesto las sociedades civiles. Sino también lo es para el ciudadano común, que sale a trabajar o posee un negocio que por la práctica y la normalización de la corrupción, se ha teñido una desconfianza ante cualquier práctica que trate de combatir el fenómeno sistémico.

 

La esperanza colocada en los hombros en la presente administración del gobierno de la república y en específico, nuestro Presidente Andrés Manuel, ha creado expectativas inmensas que se han generado por un discurso reiterativo donde las crisis sociales, económica y políticas de nuestro país están inmersas en la práctica generacional de la corrupción.

 

El sistema nacional anticorrupción acompañado de los sistemas de fiscalización, transparencia y de archivos son acciones coordinadas que buscarán disminuir las cifras rojas que han colocado a México en la mirada del ámbito internacional justo al lado del narcotráfico.

 

Haremos un duro señalamiento, sin interponernos a las buenas acciones civiles que han provocado esta ola de rendición de cuentas sobre cualquier acción que emprendan los actuales gobiernos, dejándolos al escrutinio y la crítica pública. Y es que las cifras seguirán creciendo y los gobiernos encontrarán formas más modernas de burlarse de las acciones de fiscalización, si la participación activa de los ciudadanos no se toma verdaderamente en serio.

 

Y es que como se dice, en actos de corrupción, que lance la primera piedra quien no ha participado, presenciado o sabido de un acto de corrupción, en el que no haya habido consecuencia alguna, ya sea por ser familiar, amistad o nosotros mismos o ya sea por la mal nombrada “lealtad al jefe”.

 

No existirá esperanzas si la nube negra de ilegalidad y opacidad que impide brillar la justicia sobre las colinas del valle tlaxcalteca, si nosotros mismos no convocamos a una revolución cultural. La pregunta es ¿Quiénes serán los nuevos héroes de la patria?, pues resulta interesante que en cualquiera de nosotros esté dicha esperanza, de caminar juntos, de aceptar las consecuencias de nuestros actos, de actuar con rectitud y legalidad, de no quedarnos con los ojos cerrados, los oídos tapados y la boca bien cubierta. Tengamos el valor de denunciar estos actos, tengamos la firmeza de no buscar aventajar a nuestros paisanos, no ser tentados a no pagar una multa y dar una “mordida”, normalizar lo que sucede en los actos de corrupción de ventanilla.

 

Los deseos mismos de cambiar a nuestro país son solo proporcionales al trabajo que comencemos por erradicar ésta práctica, es tan simple como solo hacer lo correcto y por supuesto defender la verdad.

 

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