El domingo 17 de abril, de 1695,  hace 325 años, dejó de existir Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, la primera feminista, erudita, poetisa y escritora de América, a la edad de cuarenta y seis años.

 

A pesar de su incuestionable fama, es hoy por hoy, una de las mujeres más incomprendidas y desconocidas de la literatura occidental, pese a su sorprendente vida y destacada obra; la razón: la manipulación de la que fue objeto a partir del trabajo de  su primer biógrafo: el padre Calleja,  y la consigna centenaria de ocultar las razones de su retractación solemne, que culminó  con su sospechosa muerte; además del  ocultamiento durante siglos de su obra, por proteger los intereses de la iglesia católica romana.

 

En los hechos sor Juana fue asesinada. Cualquier lector poco relacionado con el tema le sonará extraño oír esta teoría, sin embargo, bastaría escarbar un poco en los estudios de destacados investigadores para llegar a la misma conclusión.

 

Fue una profesora norteamericana, Dorothy Schons, la primera en tratar de descubrir en el año de 1925, las verdaderas motivaciones que decidieron la vida de sor Juana ¿Por qué se hizo monja? Se preguntó la profesora de la universidad de Texas, desde una perspectiva tan humanista como realista; una que tomaba en cuenta que ante todo se trataba de una mujer. Trató de indagar qué sentía y cómo sería para ella vivir en un ambiente como el de la Nueva España del siglo XVII.

 

Imaginemos su época y su situación por un momento. Ella era una mujer criolla, que aunque joven, carecía de un padre y de  dote. Debido a las nuevas nupcias se su madre, que había sido abandonada por su progenitor, la instalaron en la casa de sus tíos que vivían en la capital del virreinato. Seguramente vivir ahí no era como en su casa, sin embargo, muy pronto tuvo la fortuna, y la desgracia, de verse inmersa en la vida de la corte virreinal. Cualquiera pudiera por este motivo considerarla afortunada, y lo era en efecto, sin embargo, tenemos motivos para pensar que la vida palaciega le reportó tantas satisfacciones como eventuales desengaños; en los hechos, todo tiene un precio.

 

En esa época, la influencia y omnipresencia de los prelados católicos era tanta, que incluso le llegaron a disputar el poder a los mismísimos virreyes de la Nueva España. De hecho, más de un arzobispo llego a ostentar ese cargo. Ya se podrá uno imaginar lo que era la vida religiosa de la sociedad novohispana: una, como de convento y rezo: de misa y coro. Los prelados católicos no tenían más que pedir alguna de sus hijas de los potentados novohispanos, para que las destinasen a servir como “esposas de Cristo”, para servir, de por vida, a la santa madre iglesia, acompañada de su inmaculada dote; de ahí la riqueza de algunos conventos.  

 

La mujer de su tiempo tenía dos opciones: o un buen matrimonio ganancioso, o meterse a monja. Pero además, no hay que olvidar que la labor de convencimiento se desarrollaba cuando eran solamente unas niñas o unas señoritas inexpertas; así le pasó más o menos a Juana Inés.

 

Mi teoría, que tiene sustento histórico, es que ella se percató del engaño que entrañaba la práctica de su religión tan falsa como engañosa en sus dogmas; empezando porque le ocultaban arbitrariamente el segundo mandamiento de la Ley de Dios. Y lo peor, lo que precipitó su caída -como bien apunta Octavio Paz, fue la llegada de un arzobispo misógino a ultranza que alteró la relativa estabilidad y tranquilidad con que vivía, precipitando su desgracia.

 

La prueba indubitable de que fue víctima de un complot, radica en el hecho de que fue traicionada por un supuesto amigo: nada menos que el obispo de la Puebla de los Ángeles, don Manuel Fernández de Santa Cruz, quien la exhibió al publicar una carta en la que la acusaba de excederse en sus modestas atribuciones de mujer dedicada a la vida conventual, me refiero a la famosa Carta Atenagórica. Yo creo que esto obedeció a que el máximo jerarca de La Puebla de los Ángeles recibió una orden del Arzobispo Francisco Aguiar y Seijas (¿les suena el apellido?) para actuar en consecuencia, con el propósito de instruirle un auto de fe de la santa inquisición. Eso explica otra pregunta de la profesora Schons ¿Por qué dejó definitivamente las letras?

 

Hoy sabemos que además de arrebatarle sus libros, la obligaron a retractarse de todo lo que había escrito, y sobre todo, a hacerla abjurar y jurar, por partida doble,  renunciando a las letras profanas y jurando fidelidad y absoluta obediencia a la santa madre iglesia católica romana. Una vez logrado esto, y considerando que su poderoso protector, don Tomás de la Cerda, conde dela Laguna ex-virrey de la Nueva España, había muerto en la madre patria. La suerte estaba echada. Había que asediarla y silenciarla para siempre.

 

Mi teoría es que muy probablemente la mataron de inanición. No sería ni la primera ni la última vez que mataran a un prelado rebelde de esa manera. Pero la historia oficial, la inventada, dice que se retractó por su puro gusto porque actuaba casi como una santa. Al que sí propusieron para santo fue a su verdugo: Aguiar y Seijas. Pero si quieren conocer los detalles de esta indignante pero apasionante historia, no tienen más que leer el capítulo XII de mi libro “El verdadero origen de la Iglesia católico romana” disponible en internet. No les va a decepcionar.