Los mariachis callaron. El grotesco y antiestético edificio tequilero que imprudentemente improvisaron en la plaza Garibaldi, cerró sus puertas. El Tenampa, como muchos otros negocios de divertimento vernáculo, también cerraron.

 

En la Habana por una vez en mucho tiempo se paró la salsa. Los antros más reputados, y otros con menos reputación, dejaron de operar. La bulla callejera también.

 

Buenos Aires, la capital argentina, cantó un último tango con sentida nostalgia sensiblera. El “buquebus” dejó de trasladar a cientos de ilusionados turistas que surcaban el inmenso río de la Plata con rumbo al  Uruguay. La calle Corrientes, siempre alegre y bulliciosa, con sus teatros y cafetines, con sus librerías abiertas a las doce de la noche, cerró.  

 

El inquilino de la Casa Blanca al fin encontró quién le pusiera en su lugar. Ni Jeff Bush, ni Ted Cruz, ni Bernie Sanders, ni la diputada Nancy Pelosi,  a quien hizo rabiar dejándola con la mano extendida, y que por poco agarra de sirvienta,  pudieron con  él. Un microscópico virus subrepticiamente importado de China vino a callar al magnate presuntuoso que pretendía saberlo todo, poderlo todo. Mientras se burlaba de la enfermedad china, el virus se apoderó de Nueva York y decenas de ciudades de la Unión Americana. Gracias a ello muchos viajantes mexicanos que fueron a disfrutar de las montañas nevadas de Colorado, que alguna vez fueron mexicanas, regresaron infectados.

 

Los jefes de Estado de las naciones más poderosas del mundo, se ven visiblemente desorientados. Nunca se esperaban semejante agresión letal. Nunca atendieron la advertencia de Bill Gates.

 

Grandes naciones con empequeñecidos jefes de Estado; ese es el panorama mundial:

 

Macron, el presidente de Francia, improvisando oratoria hueca desde una fábrica de cubre bocas. El jefe de gobierno español, Pedro Sánchez, visitando una fábrica de respiradores, para la foto. El ministro de Salud español, a pregunta expresa, no sabe si hay que usar tapaboca o no. El papa con cara compungida refugiado en su bunker vaticano, sin mover un dedo en favor de los miles de infectados.

 

En américa latina el subdesarrollo, la pobreza y la irresponsabilidad de la clase gobernante salieron a relucir, Guayaquil mostró la cara más patética de la desgracia latinoamericana: incinerando a sus muertos en plena vía pública.

 

 En México las cosas no van mucho mejor, el gobernador Bronco, dando cátedra como un moderno Solón latinoamericano, disertando sobre lo que es necesario y lo que no lo es, provocando compras de pánico de cerveza.

 

Mientras muchas sucursales bancarias exponen a sus clientes en el exterior por horas, el metro como siempre: atiborrado, insuficiente; no podía ser de otro modo.

 

Las PYMES, las verdaderas proveedoras de empleo formal, se preparan para lo peor ante la indiferencia del presidente. Los propios diputados federales se encargaron ya de tramitar la cancelación de algunas de las facultades presidenciales que bien podrían servir para aliviar la carga fiscal injusta e insostenible en estos tiempos de crisis.

 

El único que parece contento y optimista ante la pandemia es el jefe de la llamada “cuatro T.” (cualquier cosa que eso signifique). Será transitorio –dijo; ojalá. Mientras los empleados del INEGI son lanzados a la calle sin sueldo y sin prestaciones, como en los mejores tiempos de don  Porfirio, y los trabajadores del sector salud claman por apoyo y seguridad todos los días, el presidente se regodea porque la pandemia afianzará su proyecto: “nos vino como anillo al dedo”. Lo bueno, es que en la capital de la República hicieron sonar las campanas de las iglesias católico romanas el “viernes de dolores” por varios minutos, para pedir que cese la pandemia; y mejor aún: la Secretaría de Gobernación autorizó al obispo de Toluca a utilizar el canal mexiquense para transmitir las misas de pascua en vivo y a todo color; las instituciones del Estado laico al servicio del Estado Vaticano (otra vez, como en los mejores tiempos de don Porfirio), quien sabe, a lo mejor se les hace el milagrito y recuperan el avión presidencial. Habrá que esperar, si el domingo 5 de abril no se anuncian las medidas tan pertinentes como necesarias, esto ya no tendrá remedio, y entonces sí, podremos esperar lo peor.