María Tudor fue una reina sanguinaria y fanática. Fue hija nada menos que del primer matrimonio de Enrique VIII de Inglaterra, con Catalina de Aragón, hija de Isabel la Católica y Fernando de Aragón.  Al no darle hijos varones a su esposo, la reina Catalina fue repudiada por Enrique VIII, pero al no concederle el divorcio el papa Clemente VII, Enrique VIII  tuvo la novedosa idea de romper definitivamente con el papado, creando la iglesia Anglicana, al tiempo que se libraba de tener que enviar la ingente cantidad de dinero que representaba el llamado “Óbolo de San Pedro”. Pero lo interesante, es que esta famosa reina, María I de Inglaterra, se entrelaza en la historia de España (y consecuentemente con la nuestra) por partida doble:

 

Primero: Porque era nieta de los reyes católicos, los cuales financiaron los viajes de Cristoforo Colombo, mejor conocido como Cristobal Colón, que como bien conocemos, sin nunca saberlo, descubrió América.

 

Segundo: Porque el hijo de Carlos V de Alemania y I de España, Felipe II, casó con ella, convirtiéndose en rey consorte de Inglaterra.

 

Sorprendentemente, Felipe II antes de ser rey de España fue rey de Inglaterra gracias a su interesado matrimonio con su tía segunda, María I de Inglaterra, que además de ser mayor que él once años, no era nada agraciada. Cuentan los que saben de esta historia, que ella se sintió encantada al ver el retrato de su apuesto sobrino. Él, por el contrario, casi muere del susto al ver su retrato. Pero qué se le iba a hacer, así se acrecentaba y se conservaba el poder real. Antes que anteponer sus personales intereses, estaban los de la Corona de España, y desde luego, los de la Santa Madre Iglesia católico romana. Para ese entonces, el papa de Roma ya tenía que soportar a los insufribles y desobedientes luteranos, que eran denominados despectivamente como “herejes”. Se les odiaba porque ya no querían obedecer incondicionalmente a la Santa Madre Iglesia.

 

Se imaginan ustedes ser el príncipe más poderoso del mundo y tener que casarse con ese esperpento de mujer.

 

SANGRI2.JPG - 64.86 kBPero además de fea, resultó ser cruel y sanguinaria.  Dicen que nada más quemó en la hoguera a más de doscientos ochenta de sus nobles y líderes religiosos, por el solo hecho de no compartir la fe de la reina. En el fondo se trataba de dar marcha atrás a la reforma anglicana implementada por su padre, y reinstalar a sangre y fuego, literalmente, la hegemonía de la iglesia católica romana. Por esa razón pasó a la historia como María “la sangrienta”, haciéndole honor a su mote. ¿Quién le habrá metido esas sanguinarias ideas? ¿Habrá sido su primo el rey Carlos V? ¿O sería acaso su confesor? ¿O le llegaría directo la orden desde Roma? Como haya sido, se afanó por hacer su mejor esfuerzo para restablecer la preeminencia de la iglesia católica romana. 

 

El  nombre de la bebida “bloody mary”, dicen que fue mucho después. Comentan que se le ocurrió bautizar así a la bebida a un avezado cantinero llamado Fernand Petiot en 1921, en el Harry´s Bar de París. Como haya sido, con esa famosa bebida, la inmortalizó. Pero mucho antes que él, la Iglesia romana ya había intentado hacerle los honores.  Observen el parecido del atuendo de la virgen Guadalupe con el vestido de la reina. El dibujo del vestido real es idéntico al de la virgen de Guadalupe. La explicación de esta misteriosa coincidencia nos la devela la época en que María fungió como reina (1153-1558), periodo encapsulado por el del Concilio de Trento (1545-1563), convocado por Carlos V., quien se había constituido en el principal defensor de catolicismo. Este Concilio diseñado para combatir el luteranismo y lograr su absoluta retractación de su fundador, en los hechos, resultó ser la ofensiva más agresiva en contra de la reforma luterana para restablecer el predominio de la iglesia católica de Roma. Entre muchas otras medidas estatuía que las imágenes se tenían que exhibir a la vista de todos, para lo cual se bebían sacar en procesión, por eso, en la Nueva España, que apenas hacía diez años había sido conquistada por Hernán Cortés, se decidió convertir el santuario de la antigua diosa Tonantzin, en el de “Guadalupe” en el cerro del Tepeyac. Lo más probable es que el parecido de la filigrana entre ambos atuendos, más que una coincidencia, sea un oculto homenaje a una reina incondicional del papado, adalid de las contiendas del catolicismo: María Tudor. No sería la primera ni la última vez que se utilizara la estrategia de integrar simbolismos ocultos, para incorporarlos a la simbología católica romana. De hecho, esa era una práctica común que venía de muy antiguo, de la mismísima época en que se fundó la religión romana, nada menos que 700 años antes de Cristo.

 

Para fortuna del pueblo inglés, y de todo el mundo occidental, María I “la sangrienta”, no dejó descendencia. Felipe II regresó a su patria con cajas destempladas; pero volvería a intentar la conquista de Inglaterra, ya no con una boda regia, sino con la Armada Invencible. Lo demás es historia.

 

 La razón es simple: