Ahora que está en boga la posibilidad de tener un avión, y no uno cualquiera, sino uno presidencial; antes de entrar en materia, les platico que la semana pasada viajé a la Ciudad de México, abordo un taxi y le pregunto al chofer:

 

¿Ya está usted ahorrando para comprar un boleto para la rifa del avión?

 

Sí claro. Ahora que me lo saque le voy a poner dos cornetas, una de cada lado, y las voy a sonar bien fuerte, para que sepan que ya llegué. Los grandes empresarios, ahora que me lo saque, me van a invitar a sus comidas, me van a presentar a sus sobrinas, ¡a sus hijas! Lo malo es que dicen que no está totalmente pagado ¿Pues cómo lo van a rifar así? Otro problema que yo le veo es ¿A dónde lo voy a estacionar?  -reía de buena manera.

 

¡Cuánta simpatía derrocha el comentario de algunos personajes! Por desgracia la simpatía no SE vende por medida en la tienda de la esquina ¡Ni siquiera en el centro comercial!

 

En la glorieta del metro “insurgentes” le hago la misma pregunta a un lustrador de calzado, quien me contesta muy convencido:

-        Ya le pensé bien, si me lo saco, lo pongo aquí en la glorieta, de exhibición y cobro la entrada. Con eso la hago.

-        Y con tanta gente, yo también la haría -pensé.

Nota bene.- Esto sucedió antes de que nos cambiaran la jugada.

 

Bueno, hay una faceta de don Miguel de Cervantes Saavedra que nadie comenta, pero que a mis curiosos lectores yo sí les voy a contar, ¿saben a qué me refiero?, lo más seguro, es que tal vez no.

 

¡Don Miguel de Cervantes es el precursor de la aviación moderna!

¡Así es, como lo oyen!

 

¿Qué tiene que ver la aviación moderna con el caballero de la triste figura?, se preguntarán algunos; si Cervantes escribió su historia más bien inspirado en cuentos de caballerías, en aventuras caballerescas con molinos de viento y damas de ensoñación; además, se hacía acompañar de su escudero Sancho, a veces, un poco rezongón quien le acompañaba montado en un borrico.

 

Bueno, quiero decirles que me sorprendí sobremanera, hace algún tiempo, cuando descubrí en medio de toda la trama quijotesca, los siguientes renglones:

        

“Es el caso -respondió la Dolorida -que desde aquí al reino de Candaya, si se va por tierra, hay cinco mil leguas, dos más a menos; pero si se va por el aire y por la línea recta, hay tres mil y docientas y veinte y siete. Es también de saber que Malambruno me dijo que cuando la suerte me deparase al caballero nuestro libertador, que él le enviaría una cabalgadura harto mejor y con menos malicias que las que son de retorno, porque ha de ser aquel mesmo caballo de madera sobre quien llevó el valeroso Pierres robada a la linda Magalona , el cual caballo se rige por una clavija que tiene en la frente, que le sirve de freno, y vuela por el aire con tanta ligereza que parece que los mesmos diablos le llevan. Este tal caballo, según es tradición antigua, fue compuesto por aquel sabio Merlín; prestósele a Pierres, que era su amigo, con el cual hizo grandes viajes, y robó, como se ha dicho, a la linda Magalona , llevándola a las ancas por el aire, dejando embobados a cuantos desde la tierra los miraban; y no le prestaba sino a quien él quería, o mejor se lo pagaba; y desde el gran Pierres hasta ahora no sabemos que haya subido alguno en él. De allí le ha sacado Malambruno con sus artes, y le tiene en su poder, y se sirve dél en sus viajes, que los hace por momentos, por diversas partes del mundo, y hoy está aquí y mañana en Francia y otro día en Potosí; y es lo bueno que el tal caballo ni come, ni duerme ni gasta herraduras, y lleva un portante por los aires, sin tener alas, que el que lleva encima puede llevar una taza llena de agua en la mano sin que se le derrame gota, según camina llano y reposado; por lo cual la linda Magalona se holgaba mucho de andar caballera en él.

 

A esto dijo Sancho:

-Para andar reposado y llano, mi rucio, puesto que no anda por los aires; pero por la tierra, yo le cutiré con cuantos portantes hay en el mundo.

 

Riéronse todos, y la Dolorida prosiguió:

 

-Y este tal caballo, si es que Malambruno quiere dar fin a nuestra desgracia, antes que sea media hora entrada la noche, estará en nuestra presencia, porque él me significó que la señal que me daría por donde yo entendiese que había hallado el caballero que buscaba, sería enviarme el caballo, donde fuese con comodidad y presteza.

 

-Y ¿cuántos caben en ese caballo? -preguntó Sancho.

 

La Dolorida respondió:

 

-Dos personas: la una en la silla y la otra en las ancas; y, por la mayor parte, estas tales dos personas son caballero y escudero, cuando falta alguna robada doncella.

 

-Querría yo saber, señora Dolorida -dijo Sancho-, qué nombre tiene ese caballo.

 

-El nombre -respondió la Dolorida- no es como el caballo de Belorofonte, que se llamaba Pegaso, ni como el del Magno Alejandro, llamado Bucéfalo, ni como el del furioso Orlando, cuyo nombre fue Brilladoro, ni menos Bayarte, que fue el de Reinaldos de Montalbán, ni Frontino, como el de Rugero, ni Bootes ni Peritoa, como dicen que se llaman los del Sol, ni tampoco se llama Orelia, como el caballo en que el desdichado Rodrigo, último rey de los godos, entró en la batalla donde perdió la vida y el reino.

 

-Yo apostaré -dijo Sancho- que, pues no le han dado ninguno desos famosos nombres de caballos tan conocidos, que tampoco le habrán dado el de mi amo, Rocinante, que en ser propio excede a todos los que se han nombrado.

 

-Así es -respondió la barbada condesa-, pero todavía le cuadra mucho, porque se llama Clavileño el Alígero, cuyo nombre conviene con el ser de leño, y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con que camina; y así, en cuanto al nombre, bien puede competir con el famoso Rocinante.

 

-No me descontenta el nombre -replicó Sancho-, pero ¿con qué freno o con qué jáquima se gobierna?

 

-Ya he dicho -respondió la Trifaldi- que con la clavija, que, volviéndola a una parte o a otra, el caballero que va encima le hace caminar como quiere, o ya por los aires, o ya rastreando y casi barriendo la tierra, o por el medio, que es el que se busca y se ha de tener en todas las acciones bien ordenadas.

 

-Ya lo querría ver -respondió Sancho-, pero pensar que tengo de subir en él, ni en la silla ni en las ancas, es pedir peras al olmo. ¡Bueno es que apenas puedo tenerme en mi rucio, y sobre un albarda más blanda que la mesma seda, y querrían ahora que me tuviese en unas ancas de tabla, sin cojín ni almohada alguna! Pardiez, yo no me pienso moler por quitar las barbas a nadie: cada cual se rape como más le viniere a cuento, que yo no pienso acompañar a mi señor en tan largo viaje. Cuanto más, que yo no debo de hacer al caso para el rapamiento destas barbas como lo soy para el desencanto de mi señora Dulcinea.” 

 

RETALES:

Buena se la hicieron a la Secretaria de Cultura Federal los artistas y trabajadores de la cultura que la obligaron a pedir una “sincera disculpa” por los impagos que tardaron ¡un año!, “por problemas administrativos”, en la Ciudad de México. “No volverá a ocurrir”, dijo.

 

Y en Tlaxcala, ¿Los beneficios de tener una Secretaría de Cultura Federal? En el congelador. Ojalá invitaran siquiera a nuestros jóvenes estudiantes a conocer los museos de la Ciudad de México, que mucho valen la pena.

 

Yo nada más tengo una queja: el estado deplorable en el que se encuentran los sanitarios de uno de los recintos bibliotecarios más importantes de América latina: la Biblioteca de México, ubicada en la Plaza de la Ciudadela. Nada más en dónde se encuentra: La biblioteca de Carlos Monsivais, de Alí Chumacero, de José Luis Martínez entre otras. Ojalá nuestra Secretaria de Cultura se diera tiempo para dar una vueltita por allá.