Hace no mucho tiempo escuché a un profesor de morfosintaxis decir algo tan simple como asertivo; hay básicamente tres maneras de expresarse, dijo: la culta, la coloquial y la vulgar.

 

Esto viene a colación, porque al escuchar los argumentos esgrimidos por un subsecretario de Gobierno que gusta de los dichos populares, y los reproduce mientras denuesta, pero  defiende con pasión su personal derecho a expresarse libremente, comparándose con Cervantes, que manifestó, también gustaba de utilizarlos; lo cierto, es que estamos siendo testigos de una página negra de nuestra vida social y gubernativa. No todos los días se ve esta extraña mezcla de arrogancia y vulgaridad desde el poder.

 

No es que nos espanten los dichos de marranos, pero el contexto en el que se dicen, determina su viabilidad y eficacia; también condiciona su inoperancia. No en balde el mismísimo don Quijote reprendía a Sancho cuando este último salía con algún dicho que no venía a cuento:

 

–No más refranes, Sancho, pues cualquiera de los que has dicho basta para dar a entender tu pensamiento; y muchas veces te he aconsejado que no seas tan pródigo en refranes y que te vayas a la mano en decirlos; pero paréceme que es predicar en desierto, y castígame mi madre, y yo trómpogelas.

 

–Paréceme –respondió Sancho– que vuesa merced es como lo que dicen: "Dijo la sartén a la caldera: Quítate allá ojinegra". Estáme reprehendiendo que no diga yo refranes, y ensártalos vuesa merced de dos en dos.

 

–Mira, Sancho –respondió don Quijote–: yo traigo los refranes a propósito, y vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero tráeslos tan por los cabellos, que los arrastras, y no los guías; y si no me acuerdo mal, otra vez te he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulación de nuestros antiguos sabios; y el refrán que no viene a propósito, antes es disparate que sentencia. Pero dejémonos desto, y, pues ya viene la noche, retirémonos del camino real algún trecho, donde pasaremos esta noche, y Dios sabe lo que será mañana. (Segunda parte, capítulo LXVII).

 

Compararse con don Miguel de Cervantes Saavedra, el más grande exponente de las letras españolas, constituye otro grave desatino; como dice don Quijote “la alabanza propia envilece”.    

 

Pero para no ser parco en demasía, pues hemos cedido pródigamente la palabra al caballero de la triste figura, y como también aquí hace aire, como decía don Miguel Osorio Ramírez -cuando identificaba alguna fémina de admirar; diré, para aquellos que aman los refranes, que don Agustín Yañez, ilustre político y escritor jalisciense, nos obsequia  en las tierras flacas una bonita colección de  máximas campiranas; para muestra no basta un botón:

 

Yegua mal arrendada, ni regalada.

 

Ni verlas cuando jilotes, ni esperar cuando mazorcas.

 

La cabra tira al monte, y el capón al muladar.

 

Lo que no se gasta en lágrimas, hay que gastarlo en suspiros.

 

Lo que mortifica, ni se acuerda, ni se platica.

 

Lo que repugna hace daño.

 

El caballo que no raya que se vaya; y el que no jala de puntas, a las yuntas.

 

NO PUEDEN CON LOS CIRIALES, Y HAN DE PODER CON LA CRUZ.