Hace ya algunas primaveras, tuve la oportunidad de visitar uno de los países menos conocidos pero más hermosos de Europa: Croacia.  Atravesamos en ferrocarril de costa a costa la península italiana de Nápoles a Bari; navegamos toda la noche y al amanecer nos sorprendieron con su grandeza las  hermosas montañas de la antigua Yugoslavia: la Iliria de los antiguos romanos. Nos encontramos con un país que se recuperaba de un grave conflicto bélico; Slobodan Milosevic, impulsor de las fuerzas nacionalistas serbias, había ocasionado una guerra fraticida cuyas huellas permanecían aún en las paredes de la antigua ciudad amurallada a orillas del mar Adriático: Dubrovnick; un remanso de paz para los turistas.

 

Nos sentamos a la mesa mi acompañante y yo, cuando poco después, sentimos que una pareja se sentaba justo a nuestro lado. Al escuchar que hablábamos castellano nos preguntaron de dónde éramos, y qué hacíamos allí. La charla transcurría intrascendente cuando de repente la dama, que era una abogada de nacionalidad española que laboraba en Austria, nos espeta una pregunta, dirigiéndose al que esto escribe:

 

-¿Y a ustedes, qué les pasa?

 

 Sentí como si alguien me hubiese lanzado un balde de agua fría en la cabeza. Me tomó absolutamente por sorpresa. Según yo, estaba ahí para disfrutar del paisaje. Me recompuse ante la sorpresiva pregunta, y le contesté calmadamente:

 

-Esa misma pregunta que haces, se la han hecho muchos estudiosos  de la historia y la cultura en México; Octavio Paz, por ejemplo, en su libro “El Laberinto de la Soledad” analiza el asunto llegando a interesantes conclusiones. Si te interesa estudiar el tema, estoy seguro de  que en tu país lo podrás conseguir.  

 

La recomendé también “Noticias del Imperio” de Fernando del Paso,

 

Al salir a relucir el tema taurino, la  recomendé  “Sangre y Arena” de su paisano Vicente Blasco Ibañez, que no conocía.  Por fortuna, logré salir airoso de tan complicado trance.

 

Esta anécdota retrata de cuerpo entero la bonita imagen que en el extranjero tenemos  los mexicanos. Podría contarles otras por el estilo. A esto, hay que agregar las bonitas hazañas que algunos paisanos han perpetrado en el extranjero, como aquella “memorable”, del Arco del Triunfo en París.

 

En los hechos nuestra imagen es bastante mala.

 

Pero vallamos a otros datos:

 

Hace treinta años Colombia tenía deambulando en Bogotá decenas de jóvenes desarrapados y famélicos en sus calles llenas de basura, el temor campeaba y las bombas explotaban. Eran los tiempos de Pablo Escobar. Colombia se recompuso. Hoy tiene una de las capitales más hospitalarias de la América. Perú, después de enfrentar una violencia intestina sin precedentes con el grupo guerrillero Sendero Luminoso, logró recomponerse, haciendo florecer el turismo de manera ejemplar, esto último aplica para Costa Rica. Asunción, la capital Paraguaya, hace quince años tenía  las gallinas del vecino en frente del Palacio Nacional; llegaron nuevas generaciones a ocupar los cargos públicos y quitaron no sólo las gallinas sino infinidad de perros callejeros. Panamá, increíblemente, y contrario a lo que muchos mexicanos pudieran imaginar, se fundó casi al mismo tiempo que la Villa Rica de la Veracruz, en 1519; de ahí salieron los conquistadores del Perú, hoy nos superan en el Índice de Desarrollo Humano, lo mismo que Cuba. Abrevio: Argentina, dígase lo que se diga, es una gran nación. Sus problemas, junto a los de México son como los de Mickey Mouse; en ninguno de estos países te joden la vida detonando cohetones, de día y de noche; nuestra población es tres veces la de Argentina, pero nuestro promedio de grado de escolaridad simplemente no levanta. Si algo ha hecho daño a México, es la autocomplacencia. En los hechos, y por desgracia: no siempre los hermanos mayores son los mejores.