Con preocupación vemos el creciente interés de ciertos actores políticos  que pugnan por permitir la libre participación de los ministros religiosos en las actividades políticas. Tal vez no conozcan bien la historia. La separación legal de la Iglesia y el Estado en México fue un largo y doloroso proceso que costó años de guerras intestinas y miles de vidas.

 

Aquellos que no conocen su historia están condenados a repetirla. Por eso mismo es alarmante que un país que nació y vivió durante siglos bajo la égida del clero católico romano, simplemente, no aprenda la lección. Que la Constitución de 1857 nos haya dado libertad religiosa, acotando el poderío del clero, fue un paso determinante, pero no pocos Presidentes de México han minado este esfuerzo; en tratándose de este escabroso asunto, para muestra no basta un botón: el presidente Ignacio Comonfort en diciembre de 1857, se infligió un autogolpe de Estado causando con ello un conflicto sangriento de tres años: la Guerra de Reforma; el Presidente Manuel Ávila Camacho le “dio permiso” al clero, de levantar un gigantesco monumento religioso en el cerro del cubilete, contraviniendo la legislación positiva vigente, tal vez por ese motivo le endilgaron el mote de “presidente caballero”. Al cultísimo José López Portillo se le olvidó todo su conocimiento  legal,  jurídico e histórico adquirido durante años, cuando decidió permitir la llegada del papa Juan Pablo II, sin tener relaciones diplomáticas con la Santa Sede. No solo eso, sino que le dio la bienvenida personalmente, contraviniendo los consejos de su Secretario de Gobernación. Craso error. Ya para rematar Carlos Salinas de Gortari le concedió el sueño anhelado “al pueblo de México” de  reanudar  las relaciones diplomáticas con el Vaticano, fomentando con ello el clericalismo; Felipe Calderón cometió la impertinencia de decir que todos los mexicanos somos guadalupanos; ¿no se habrá enterado que existen cientos de denominaciones religiosas registradas ante la Secretaría de Gobernación? A partir de estas decisiones unipersonales, el laicismo en México se ha visto constantemente amenazado. Las anécdotas en este tenor podrían seguir interminablemente; no les quiero aburrir. Por último: Es probable que nuestras autoridades culturales ni siquiera se percaten de que al instalar “nacimientos” en algunos de los principales museos de la Ciudad de México, están contribuyendo al fanatismo religioso, el mismo que antaño se pretendía combatir. Tal vez en algunos museos este tema pudiese pasar inadvertido, pero colocar uno en el Museo de las Intervenciones, es tan ilegal como indecoroso para la historia Patria. ¿Por qué motivo?, dirán algunos de nuestros curiosos lectores. La razón es la siguiente: porque es bien conocido hoy en día, que no pocas intervenciones armadas en México fueron apoyadas directa o indirectamente, por el clero católico romano. El caso de la intervención francesa es icónico. Antes de llegar Maximiliano de Austria a las costas mexicanas, la pareja imperial recibió la bendición del papa en el Vaticano. Pero hay más: Francisco Martín Moreno nos relata con lujo de detalles que la intervención norteamericana contó con la complicidad y apoyo del clero católico romano a cambio de que se les respetaran sus propiedades. Para los amantes de la historia esto no es novedad. Aquí lo novedoso tal vez sea decir que los “nacimientos” lejos de ser una tradición mexicana, en realidad son una tradición vaticana. Su origen se remonta a la ciudad de Assisi, la religiosísima ciudad italiana donde supuestamente nació un hombre no menos religioso llamado Giovani de Pietro Bernardone,  incondicional del papado, mejor conocido como Francisco de Asís; él fue el que recibió licencia (¿sería una comisión?) para representar nacimientos “vivientes” para culturizar al pueblo en la religión oficial católico romana. Pero si todo esto les parece poco,  transcribo algunos fragmentos de un relato revelador, del libro “Ignacio Ramírez El Nigromante” (2009) de Emilio Arellano (pág.58):

 

En 1857 llegó al Estado de México una noticia terrible: la capital de la República había sido ocupada por los norteamericanos. Los norteamericanos arribaron a Toluca el 7 de enero de 1848 y obligaron a emigrar al gobierno estatal.

 

El gobierno central se trasladó a Querétaro y designó a Ignacio Ramírez Jefe Superior Político del territorio de Tlaxcala. No sólo era un reconocimiento a su afanoso trabajo por la educación en el Estado de México sino a su actitud activa y enérgica para organizar la defensa nacional. En Tlaxcala Ignacio Ramírez organizó un pequeño ejército y trató de aprovisionarlo de la mejor manera posible. Ordenó al valiente pueblo tlaxcalteca cavar zanjas y poner barricadas en las calles de la ciudad capital. Armados con fusiles y piedras, o con lo que hubiera a la mano, 300 hombres se apostaron en las partes altas de los edificios para oponer una feroz resistencia a los invasores.

 

Los norteamericanos estaban a cuatro horas de la capital del estado cuando Ignacio Ramírez vio con asombro a numerosas personas que se negaba a ocupar un sitio en las azoteas. Les pidió que se prepararan pero se volvieron indignadas y le respondieron: “Cuál guerra? El padrecito de la iglesia nos ordenó organizar, con lucimiento y gran pompa, la procesión anual de la virgen de Ocotlán”. Ignacio Ramírez prohibió que se llevase a cabo la procesión, algo impertinente en aquellos momentos de aflicción para la República. Años después El Nigromante se enteró de que el cura había recibido la orden de organizar semejante espectáculo vergonzoso, en momentos en que el país necesitaba de todos sus hijos.

 

El cura amotinó a la población en contra del gobierno de Tlaxcala; enfurecida y armada, ésta pidió que el jefe político fuera asesinado si no autorizaba las fiestas religiosas. Semejantes bríos, decía Ignacio Ramírez, hubieran sido mejor empleados frente al enemigo extranjero. Así que no transigió en ese punto. No podía permitir que se realizara un acto de dimensiones tan ofensivas para la República. Organizó un pequeño pero bravo contingente de patriotas, abandonó la ciudad y partió a unirse con las tropas republicanas de Querétaro.

 

Lo demás, es historia.