Poco, muy poco se ha hablado del fanatismo religioso de Hernán Cortés. Él en lo personal, era tan obstinado en sus creencias, como lo llegó a ser el Virreinato que ayudó a crear.

 

Para entender al personaje diremos, siguiendo a José Luis Martínez, que fue hijo de su tiempo. Cuando vino al mundo, allá en Extremadura, España, en 1485, la  Inquisición Española llevaba siete años de operar “exitosamente”; coincidentemente, su escudo incluía: la espada y la cruz. Los primeros empleos del joven Cortés en la isla de La Española, ya estaban impregnados de la “Misión Evangelizadora” que le habría de acompañar durante su famosa gesta conquistadora. Esa imposición de la cruz, era, de acuerdo a la doctrina religiosa dominante en el Reino Español,  el Leitmotiv, es decir la razón primera de las guerras de conquista, pero también el pretexto para expoliar a los pueblos conquistados. En su formación juvenil estaban muy presentes  “Las cruzadas”, que comandadas por el papa de Roma y secundadas por los “reinos de la cristiandad”, habían impuesto la intolerancia religiosa y racial; se llamaban así “cruzados”, precisamente, por la cruz que llevaban en sus atuendos y estandartes.

 

La novena gran cruzada, que tuvo lugar en 1271-1272, a principio del siglo XVI retumbaba fuertemente en la conciencia de los súbditos de los estados monárquicos adscritos al catolicismo, que, como España, lo tenían  por  religión oficial. Tremendo retroceso en virtud de que en suelo español, hasta 1485, se había practicado con buen éxito la libertad de cultos, con la consecuente  convivencia de creencias religiosas diversas. Pero con la intolerancia inquisitorial, aprendió el joven Cortés, que se debía exterminar al infiel, quemar al hereje, colgar al traidor, y de paso, si se pudiera lograr, hacerse rico. Con esa mentalidad llegó al Nuevo mundo, y a las costas de la Vera Cruz, como un exaltado evangelizador de horca y cuchillo.

 

El fanatismo religioso de Cortés se pone de manifiesto en su servilismo hacia los frailes que llegaron a la Nueva España en 1524; Bernal Díaz del Castillo, dice que, “se arrodilló ante fray Martín de Valencia y le fue a besar las manos… y le besó los hábitos y a todos los más religiosos, y así hicimos todos los más capitanes y soldados que allí íbamos,”; pág. 526 de la Historia Verdadera... Probablemente de aquí provenga la tendencia de nuestros gobernantes de servir de tapete al obispo de Roma. Por supuesto, debemos suponer que Cortés también podía ser un gran farsante y excelente actor dada la influencia que estos santos varones tenían ante las decisiones de los  poderosos monarcas hispanos. Pero volviendo a su psicología religiosa, nos queda claro que para Cortés, su evangelismo  consistía principalmente en plantar vírgenes y levantar cruces por donde quiera que iba, para después, presumir de qué manera y en qué medida se había ensanchado la cristiandad. Ni su latín, ni sus ocupaciones,  ni las posibilidades reales le pudieron haber dado la posibilidad de  leer las Sagradas Escrituras, que en ese entonces estaban del todo vedadas a los laicos, de hecho ni siquiera se habían traducido al castellano –su traductor más insigne, Casiodoro de Reina, estaba aún por nacer en 1520; por lo que podemos deducir que lo más probable, es que nunca las haya leído. En 1521 Martín Lutero tras negarse a retractarse de sus tesis en la llamada Dieta de Woms, sería declarado proscripto por Carlos V, el poderoso emperador a quien Cortés se esmeraba tanto en complacer. 

 

Con el virreinato, el catolicismo se enseñoreó del Nuevo Mundo, y como dice Octavio Paz, el “Las trampas de la fe”: se “levantó una sociedad orientada no a alcanzar la modernidad sino a combatirla” (pág. 338); eso explica muchas otras cosas que siguen sucediendo hasta el día de hoy, y que a quinientos años exactos de estos históricos sucesos, los habitantes de estas tierras conquistadas debiéramos considerar.

 

P:D: Les invito a escuchar “Oda a Cortés” en YouTube joseandresenrique gracias.