El de nunca acabar.

 

Érase una vez,  no muy lejos de ciertas  montañas nevadas, que existía  una ciudad capital risueña de clima benigno y gente apacible. El invierno llegaba puntual, pero tan benigno era, que casi nunca, por no decir nunca, hacía estragos entre las campiñas del lugar. Las acémilas y borriquitos de los campesinos solían descansar también de manera apacible sin que nada les molestase. Tan apaciblemente se vivía,  que transcurrieron siglos sin que se reportaran grandes cambios ni se escuchara hablar de ninguna revolución. Un día llegó la modernidad: las antiguas chirimías que sonaban alegres por las colinas se transformaron en expendedores de gas bocineros que no cesaban de escandalizar. Los antiguos teponaxtles con los que solían acompasar sus danzas los antiguos habitantes del reino, en vez de percusiones, empezaron a oír incesante tañer de campanas, y peor aún: un voluntarioso capellán de iglesia parecido a Cuasimodo, tuvo la gloriosa idea de hacer detonar ruidosos cohetones durante: ¡Todos los días del año!

 

Por otra parte, y a manera de compensación natural, la modernidad trajo consigo grandes cambios: ilustres diputados y senadores fueron enviados, con sus dietas bien remuneradas, a representar a los habitantes de la capital a la  capital de la capital de muchos reinos, trayendo al primero, la novedad  de  refinadas leyes Ecológicas, que nadie hizo obedecer.

 

Un día, cierto caminante, que estaba convencido, como había dicho el poeta, que no hay camino sino que se hace camino al andar, llegó a visitar  el reino en cuestión. Grande fue su sorpresa al constatar que cientos de vehículos motorizados, todos altamente contaminantes, hacían una inmensa e interminable fila para avanzar. Inexplicablemente el camino se tornaba arduo por la espera que era necesario aguantar, múltiples hoyancos y alguno que otro “tope” se dejaba sentir en los neumáticos, lastimando sensiblemente la dirección. Era tan lento el tráfico, que los perros callejeros que adornan usualmente el lugar con sus brillantes colmillos y sus quijadas babeantes, podían atravesar las calles a placer, con gran seguridad. Algunos competían por ganar un sitio aventando sus vehículos, direccionándolos contra el vehículo contiguo, con el sólo fin de ganar unos cuantos centímetros de ventaja. Todos los automovilistas estaban estresados. Algunos ciudadanos perderían importantes citas de trabajo, otros, de negocios, seguramente la mayoría de ellos vería arruinado su día al constatar que se hacía casi imposible avanzar. Después de una larga espera, el caminante sin camino logró ingresar al centro histórico de la capital del reino. Su sorpresa fue muy grande cuando constató que el problema de tránsito era ocasionado por la mismísima autoridad. La princesa del reino había querido regalar una fiesta excepcional. Había aumentado tanto la recaudación fiscal en los últimos años y había tanto dinero, - los problemas básicos habían sido satisfechos tan cumplidamente, que simplemente, no sabían en qué gastar. Por ello decidieron festejar. Pero grande fue la sorpresa del viajero, al indagar entre los cuatro o cinco transeúntes que disfrutaban de la aislada y sosegada plaza, que efectivamente se preparaba una magna celebración con bocinas gigantescas, luces, y todo lo demás. Se esperaba con ello hacer feliz al pueblo, -a costa de la felicidad del pueblo, insondable contrariedad. Algunos despistados no cabían en sí de gozo. ¡Cuanta Felicidad! ¡Qué gran celebración se acerca! Había que ver lo bonito de los adornos, ¡Qué de luces! ¡Cuánto fervor fraternal! ¡Cuánto Progreso!; HABÍA LLEGADO LA NAVIDAD.