Una vez atendida la demandante agenda decembrina –cenas, comidas y posadas-, me dispongo a responder, todo lo puntual que se pueda, a mi amigo Claudio Cirio Romero. El pasado 19 de diciembre, el columnista de esta casa editorial publicó un texto –“AMLO ‘contranatura’” : http://politicatlaxcala.com.mx/noticias/opinion/lo-que-esta-en-juego-en-la-politica/3694-amlo-contranatura - en el que refiere el fragmento de un cuestionamiento que plasmé en mi perfil personal de Facebook.

 

El planteamiento completo –Romero cita apenas una parte- es el siguiente: “¿Y si empezamos a ver a AMLO como lo que es: un político pragmático, preocupado nada más del poder, y lo vamos despojando de los ropajes de santón que tramposamente le endilgan? Digo, así sí es más fácil explicarse lo del PES. Porque de otra forma, las respuestas sobre esa alianza no tienen justificación alguna, excepto ganar la elección del 2018”.

 

Propio de la inmediatez, indeseable condición de las nuevas plataformas de comunicación, no me permití profundizar más en el cuestionamiento y su, sostengo, pertinencia. Por fortuna, interlocutores atentos, como Romero, son el pretexto ideal para explayar las ideas. Así pues, si todo cuestionamiento supone un contexto, a continuación explico el de mi pregunta.

 

Andrés Manuel López Obrador ha hecho de la honestidad y, en consecuencia, el combate a la corrupción, una bandera poderosa. El cimiento de su proyecto político se halla fincado en ambos principios. En mítines y entrevistas, López Obrador regresa con perseverancia asombrosa, inédita en el bamboleante escenario político mexicano, a su discurso histórico: la moralidad.

 

Sus discursos son una tronante retahíla de acusaciones y señalamientos, casi siempre certeros, que tienen como diana a la “mafia en el poder”. Némesis y pretexto, la “mafia en el poder” complementa una visión binaria de la realidad, ideal para simplificar el complejo enfrentamiento entre dos posturas políticas contrastantes, necesariamente antagónicas. De un lado, López Obrador, del otro, todo lo demás. No obstante, la diáfana realidad que el tabasqueño dibuja, ignora concienzudamente las gradaciones de grises que pintan el paisaje cotidiano de nuestra realidad.

 

Para la operación descrita, López Obrador se auxilia de un discurso moral monolítico, rotundo. Sus admoniciones suelen estar teñidas de vivos contrastes, dicterios inapelables que denuncian la voracidad y vesania de los malos, en evidente contraste con la armonía y desinterés de los buenos. Así, el político se instala en la cómoda tarima de la superioridad moral. Desde esa altura, López Obrador dictamina indulgencias y decreta condenas.

 

Como estrategia política, la de López Obrador es impecable. Por virtud de la tenacidad, el discurso moral que le distingue ha cobrado la forma, para su fortuna, de una suerte de impermeabilidad política. Así, cuando el tabasqueño afirma que ‘hay aves que cruzan el pantano y no se manchan; mi plumaje es de esos”, un margen de credibilidad aún opera en su beneficio. Para ejemplificar mi punto, reto al lector o lectora a imaginar la misma afirmación en voz de Javier Duarte o Enrique Peña Nieto. En efecto, nadie creería una palabra.

 

Mas no sólo su perseverancia discursiva acude a reafirmar su superioridad moral. A López Obrador no se le conocen cadáveres en el ropero. Ni uno solo. Y, por lo demás, debemos estar seguros de que investigaciones las hubo, y las hay. A raudales. Pero, hasta el momento, ninguna arrojó dato incriminatorio alguno.

 

Paradójicamente, la “superioridad moral” de López Obrador, al margen de los réditos políticos que le ha prodigado,  puede convertirse en un lastre. Me explico.

 

Con su consistente discurso, López Obrador ha elevado tanto el rasero moral en la política mexicana, de por sí alto en nuestros tiempos, que lo permisible para unos es impensable para el tabasqueño. Así, del PRI o de sus representantes se espera todo menos un comportamiento moral. Alianzas tan criticables como la celebrada entre ese partido y el PVEM o el PANAL pasan desapercibidas. De ellos no se espera nada bueno. Lo único que de esos partidos podría sorprendernos sería una actitud moral irreprochable.

 

No así de MORENA, el partido de López Obrador. Cuando éste anunció la alianza con el PES, un partido confesional, de “ultraderecha” ─aunque a Romero el término le escandalice─, las críticas fueron abundantes y, por lo demás, justificadas. Una parte de tales críticas, extirpemos de una vez la ingenuidad, fueron promovidas desde las posturas históricamente enfrentadas al lopezobradorismo. Pero otro segmento, sinceramente afrentado con la alianza, criticó la medida desde el primer círculo que a López Obrador acompaña desde hace décadas. Ahí está Elena Poniatowska y Jesusa Rodríguez sosteniendo un pequeño cartel con la inscripción “No al PES”.

 

En resumidas cuentas, de MORENA no se esperaba una acción así, signada por el más puro pragmatismo. Y no se esperaba porque el discurso de ese partido, es decir el discurso de López Obrador, ha sido implacable para criticar la política sin ideales u horizontes éticos. Lo que el tabasqueño califica como ‘buscar el poder por el poder’.

 

Vuelvo ahora con Romero.

 

Como Claudio Cirio, condeno la “flojera mental” y su materialización en los “lugares comunes”, aquellos obstáculos para “entender la complejidad de la vida social y política también (sic)”. Creo, a su vez, que la ausencia de debates públicos, ricos en argumentos y diagnósticos, tiene su origen, precisamente, en esa “flojera mental”. Siempre será más sencillo ofender que dialogar.

 

Veo en la “flojera mental” el origen de otra enojosa falencia en la vida pública mexicana. Justificar, a costa de lo que sea, las acciones y omisiones de los políticos afines a nuestros gustos e ideas. No es una carencia novedosa; sin embargo, los tiempos electorales suelen acompañarse de altas dosis de esta fastidiosa condición, que canjea las posibilidades del diálogo por los exabruptos ciegos del monólogo. Se trata de otra forma de “lugar común”.

 

Esa actitud, me parece, es la misma que vistió a López Obrador con los ropajes de santón; la misma que busca justificar al tabasqueño aún y cuando sus acciones desacrediten sus propias palabras. En alguna medida, aupados por el discurso de López Obrador, quienes así se conducen han dejado de ver en el antiguo jefe de gobierno a un político completo ─necesariamente pragmático─, y comienzan a ver a un líder social.

 

La distancia entre ambas figuras, aunque sutil, es significativa. El político no puede ajustar su actuar al ceñido corsé de la moralidad que, en cambio, le es absolutamente exigible al líder social. Ningún político ha aspirado al poder sin dejar en el camino un trozo de su credibilidad. El poder exige de sacrificios. A veces polémicos, como aliarse con el PES.

 

Romero es indulgente. Por un lado, limita el análisis político a apenas “explicar” las “decisiones coyunturales”, a las que no debemos de “descalificar o alabar”. Sin embargo, si apenas nos acotamos a “explicarlas”, ¿dónde quedaría la crítica?, ¿bastaría con “explicarlas” para comprender su alcance e implicaciones?, ¿qué no la crítica nos permite apreciar con mayor claridad los aciertos y los errores de tal o cual acción o idea? Creo entender la postura de Romero; ésta abreva de la condición de objetividad en las ciencias sociales y el periodismo. Sin embargo, en ambos casos, los debates en torno a la objetividad han arrojado conclusiones antes impensables, entre las que debe contarse su imposibilidad. La objetividad es una entelequia.

 

Romero es candoroso. ¿Basta la palabra de un político para garantizar la consecución de algún objetivo? Desde luego que no. La historia electoral del país es pródiga en ejemplos. López Obrador aseguró que la diversidad sexual sería respetada. También aseguró que no se aliaría con el PES. Pero, siendo honestos, no veo al tabasqueño, ni a su partido, atentando contra los derechos ganados, tras azarosas batallas, por la comunidad LGBTTTI. Sin embargo, su nuevo aliado, el PES, ha dejado clara su postura al respecto.

 

López Obrador no lo dice todo. Su olfato político lo inhibe. En efecto, MORENA difícilmente promoverá acciones atentatorias a la diversidad sexual. Pero el PES, empoderado gracias al arrastre electoral del tabasqueño, bien podría promover su conservadora visión social. He ahí el dilema. En los hechos, MORENA sanciona e indirectamente promueve la plataforma política de un partido pararreligioso.

 

Pero Romero no aborda tales cuestiones. Pasa de largo. Nada más las “explica”.

 

Por lo demás, suscribo en todas sus letras el último párrafo del texto de Romero: “Es obligación de quienes escribimos públicamente, y opinamos en espacios de la ciber realidad (sic), ayudar a comprender la complejidad, no fomentar la flojera mental”.

 

Exacto. No fomentemos la “flojera mental”.

 

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