Hoy el Baúl de los Recuerdos se abre para comentar que Emiliano Zapata formaba parte de una humilde familia campesina, era el noveno de diez hijos que tuvieron Gabriel Zapata y Cleofás Salazar, de los que sólo sobrevivieron cuatro. En cuanto a la fecha de su nacimiento, no existe acuerdo total; la más aceptada es la del 8 de agosto de 1879, pero sus biógrafos señalan otras varias: alrededor de 1877, 1873, alrededor de 1879 y 1883. Emiliano Zapata trabajó desde niño como peón y labrador, y recibió una pobre instrucción escolar. Quedó huérfano hacia los trece años, y tanto él como su hermano mayor Eufemio heredaron un poco de tierra y unas cuantas cabezas de ganado, legado con el que debían mantenerse y mantener a sus dos hermanas, María de Jesús y María de la Luz.

 

Su hermano Eufemio vendió su parte de la herencia y fue revendedor, buhonero, comerciante y varias cosas más. En cambio, Emiliano permaneció en su localidad natal, Anenecuilco, donde, además de trabajar sus tierras, era labrador de una pequeña parte del terreno de una hacienda vecina. En las épocas en que el trabajo en el campo disminuía, se dedicaba a conducir recuas de mulas y comerciaba con los animales que eran su gran pasión: los caballos. Cuando tenía alrededor de diecisiete años tuvo su primer enfrentamiento con las autoridades, lo que le obligó a abandonar el estado de Morelos y a vivir durante algunos meses escondido en el rancho de unos amigos de su familia.

 

Una de las causas de Revolución Mexicana fue la nefasta política agraria desarrollada por el régimen de Porfirio Díaz, cuya dilatada dictadura da nombre a todo un periodo de la historia contemporánea de México: el Porfiriato (1876-1911). Al amparo de las perversas leyes promulgadas por el dictador, terratenientes y grandes compañías se hicieron con las tierras comunales y las pequeñas propiedades, dejando a los campesinos humildes desposeídos o desplazados a áreas casi estériles. Se estima que, en 1910, año del estallido la Revolución, más del noventa por ciento de los campesinos carecían de tierras, y que alrededor de un millar de latifundistas daba empleo a tres millones de braceros.

 

Tal política condenaba a la miseria a la población rural y, aunque era un mal frecuente en todo el país, revistió particular gravedad en zonas como el estado de Morelos, donde los grandes propietarios extendían sus plantaciones de caña de azúcar a costa de los indígenas y los campesinos pobres. En 1909, una nueva ley de bienes raíces amenazaba con empeorar la situación. En septiembre del mismo año, alrededor de cuatrocientos habitantes de la aldea de Zapata, Anenecuilco, fueron convocados a una reunión clandestina para hacer frente al problema; se decidió renovar el concejo municipal, y se eligió como presidente a Emiliano Zapata.

 

Tenía entonces treinta años y un considerable carisma entre sus vecinos por su moderación y confianza en sí mismo; pasaba por ser el mejor domador de caballos de la comarca, y muchas haciendas se lo disputaban. Como presidente del concejo, Zapata empezó a tratar con letrados capitalinos para hacer valer los derechos de propiedad de sus paisanos; tal actividad no pasó desapercibida, y posiblemente a causa de ello el ejército lo llamó a filas. Tras un mes y medio en Cuernavaca, obtuvo una licencia para trabajar como caballerizo en Ciudad de México, empleo en el que permaneció poco tiempo.

 

De regreso a Morelos, Emiliano Zapata retomó la defensa de las tierras comunales. En Anenecuilco se había iniciado un litigio con la hacienda del Hospital, y los campesinos no podían sembrar en las tierras disputadas hasta que los tribunales resolvieran. Emiliano Zapata tomó su primera decisión drástica: al frente de un pequeño grupo armado, ocupó las tierras del Hospital y las distribuyó entre los campesinos. La atrevida acción tuvo resonancia en los pueblos cercanos, pues en todas partes se daban situaciones similares; Zapata fue designado jefe de la Junta de Villa de Ayala, localidad que era la cabeza del distrito al que pertenecía su pueblo natal.

 

 El 10 de abril de 1919 los hombres de Guajardo, de la manera más alevosa, cobarde y villana descargaron sus fusiles sobre la humanidad del jefe Emiliano, quien infructuosamente trató de sacar su pistola para defenderse. Su cuerpo rodó al suelo arrojado por el As de Oros, quien corrió despavorido en busca de su salvación.

 

Las noticias de lo ocurrido en Chinameca corrieron rápidamente y se recibieron en Cuautla, antes de que llegaran las fuerzas de Guajardo con el cadáver del caudillo. Como no era la primera vez que se hablaba de la muerte de Zapata, se dispuso que se procediera a identificar el cadáver. El primero en reconocerlo plenamente fue el general Jáuregui, jefe de su escolta, que había caído prisionero en Chinameca: posteriormente compareció ante las autoridades un tal Alberto Girela, originario y vecino de Cuautla, quien manifestó que el cadáver que se encontraba en el local de la Inspección General de la Policía era el mismo del que en vida llevó el nombre de Emiliano Zapata. De acuerdo con el acta de defunción, el jefe revolucionario murió a las tres de la tarde del día diez de abril de 1919 a consecuencia de “heridas producidas por arma de fuego”

 

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