Cuando hablamos de nuestros héroes no tomamos en cuenta la magnitud de sus obras y mucho menos los sacrificios que tuvieron que realizar en favor de la nación y más que nada de los seres humanos que la integran. Se imagina usted como sería nuestro país perteneciendo todavía a la corona española, ¿Cuál sería nuestra forma de gobierno? ¿Cuál sería nuestra condición social? ¿Cuáles serían las formas de gobierno y la libertad de la que podríamos gozar? En fin, existen tantas preguntas sin respuesta.  De antemano les comento que todavía existen algunos paisanos opinan que estaríamos mejor bajo el yugo español. ¿Será?

 

Hoy se abre el Baúl de los Recuerdos  para comentarles que ese día se llevó a cabo el proceso de degradación sacerdotal de Miguel Hidalgo en el Hospital Real de Chihuahua, donde se encontraba prisionero. Sus compañeros de armas Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez habían ya encontrado su destino frente al pelotón de fusilamiento  el 26 de junio de 1811, pero el derecho canónico de la época prohibía terminantemente, bajo pena de excomunión, condenar a muerte a un miembro de la Iglesia Católica, por lo que el cura de Dolores tenía que ser despojado de su carácter sacerdotal antes de ser ejecutado.

 

El proceso de degradación de un eclesiástico constaba de dos etapas: la primera, consistía en la pronunciación de la sentencia, y  posteriormente la degradación real que era todo un ritual para despojar al condenado de los atributos otorgados al momento de su ordenación.

 

La sentencia fue pronunciada el 27 de julio de 1811 por Francisco Fernández Valentín, canónigo doctoral de la catedral de Durango, quien así dijo a Hidalgo: “Sus crímenes son grandes, damnales del latín damnabilis –que significa, digno de condenarse- prejudiciales,  enormes y en alto grado atroces, de ellos resulta gravísimamente perjudicada la  Majestad Divina, además de haber trastornado todo el orden social, fueron perturbadas muchas ciudades y pueblos y se ha generado el detrimento universal de la iglesia y de la nación, haciéndose por lo mismo indigno de todo beneficio y oficio eclesiástico” Dos días después, uno de los corredores del Hospital Real hacía un improvisado altar sobre el que descansaba un crucifijo en medio de dos cirios encendidos. Cuatro sillones se encontraban detrás del altar desde donde Fernández Valentín, ministro designado para   la degradación real, y sus tres asistentes presidian la ceremonia. Al lado, los jueces civiles se encontraban de pie para atestiguar el terrible acto. El patio estaba abarrotado de curiosos.

 

El preso llegó flanqueado por guardias y cargado con grilletes que le fueron quitados para colocarle las prendas eclesiásticas. “Hidalgo tomó un cáliz con un poco de vino y una patena  con una hostia sin consagrar; luego, de rodillas se acercó a los pies del juez, quien lo despojó del sagrado cáliz y la patena (plato metálico donde se coloca la hostia), mientras pronunciaba las de excomunión: “ Te arrancamos la potestad de sacrificar, consagrar y bendecir, que recibiste con la unción de las manos y los dedos”, al tiempo que con un cuchillo raspaba las palmas de las manos y las yemas de los dedos hasta borrar las huellas digitales.

 

Después, una a una, le fueron despojadas las prendas eclesiásticas. Finalmente se le cortó el cabello de la coronilla mientras el juez decía: “Te arrojamos de la suerte del señor, como un hijo ingrato y borramos de tu cabeza la corona, signo real del sacerdote, a causa de la maldad de tu conducta”. Miguel Hidalgo estaba preparado para enfrentar la justicia de los hombres. 

 

Cuando llegó la hora del fusilamiento, pidió que no le vendaran los ojos ni le dispararan por la espalda (como era la costumbre al fusilar a los traidores). Pidió que le dispararan a su mano derecha, que puso sobre el corazón. Hubo necesidad de dos descargas de fusilería y el tiro de gracia para acabar con su vida, tras lo cual un comandante tarahumara, de apellido Salcedo, le cortó la cabeza de un solo tajo con un machete, para recibir una bonificación de veinte pesos. Miguel Hidalgo falleció el 30 de julio de 1811,  fusilado por las fuerzas realistas.

 

Miguel Hidalgo fue fusilado al amanecer, sentado en un banco, con la mano en el corazón, los ojos vendados y un crucifijo, en el patio del antiguo Colegio de los Jesuitas en Chihuahua, entonces habilitado como cuartel y cárcel, en la actualidad es el Palacio de Gobierno de Chihuahua. A pesar de haber recibido dos descargas del pelotón, no murió; por lo que el teniente al mando ordenó a dos de los soldados disparar a quemarropa sobre el corazón del padre Hidalgo, acabando así con su existencia. Su cadáver fue posteriormente decapitado y su cuerpo enterrado en la capilla de San Antonio del templo de San Francisco de Asís en la misma ciudad de Chihuahua; su cabeza fue enviada  a Guanajuato y colocada en la Alóndiga de Granaditas junto a las de Allende, Aldama y Jiménez. En 1821 fue exhumado su cuerpo de Chihuahua y junto con su cabeza se le enterró en el Altar de los Reyes, de la Catedral Metropolitana. Finalmente, desde 1925 reposa en el Ángel de la Independencia en la capital. En 1868 fue erigido en su honor el Estado de Hidalgo

 

Bibliografía: Luis Arturo Salmerón; historiador.

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