Hoy el Baúl de los Recuerdos se abre para comentar que este 19 de septiembre se cumple un año del terremoto que ocurrió en 2017 y 33 años del  de 1985. Como olvidarlo ¿verdad? La pregunta obligada es que hizo en ese momento ¿gritó, rezó, se hincó, lloró, corrió, buscó a sus familiares, en fin. Por otra parte, cada uno de nosotros a qué atribuimos la existencia de los temblores. Seguramente las reacciones de cada uno de nosotros fueron diferentes y es muy probable que el miedo a un temblor siga hasta nuestros días.

 

Resulta que a través de los años en las diferentes culturas el comportamiento de la humanidad ante los terremotos ha sido diverso. En el México Prehispánico  se creía que la tierra tropezaba con el sol.

 

Una de las crónicas más completas sobre la reacción de los mexicas ante los sismos es de Bernardino de Sahagún, misionero franciscano considerado el máximo investigador de todo lo que atañe a la cultura nahua, el escribió: “Cuando tiembla la tierra, rociaban con agua todas sus alhajas, tomando el agua en la boca y soplándola sobre ellas, y también por los postes y umbrales de las puertas y de la casa; decían que si no hacían esto, que el temblor llevaría aquellas casas consigo; y los que no hacían esto eran reprendidos por los otros; y luego que comenzaba a temblar la tierra comenzaban a dar gritos; dándose con las manos en las bocas, para que todos advirtiesen que temblaba la tierra. Luego tomaban a sus niños con ambas manos, por las sienes, y los levantaban en alto; decían que si no hacían aquello que no crecerían y que los llevaría el temblor consigo”.

 

 Los mexicas  suponían que el sol y otros cuerpos celestes caminaban bajo la tierra conforme se hacía de día o de noche. Quizá por eso explicaban que un temblor no era más que un tropiezo terrestre, un tropiezo de la tierra con el sol, cuando el astro se escondía por el horizonte.

 

Gerardo Suárez, investigador del departamento de sismología del Instituto de Geofísica de la UNAM y también autor del libro “Los sismos en la historia de México”, cuenta: “En el siglo XV y casi al principio del XVI,  la información es cualitativa. No es como hoy en día que podemos medir la amplitud de una onda, la frecuencia y cualquier otro tipo de parámetros, simplemente dice que en tal año fue sentido de esa manera, se cayó esta iglesia… Y a eso le asignamos un valor de intensidad. Entonces, con valores de intensidad, de cómo fue sentido, podemos hacer un ejercicio de dónde ocurrieron, qué magnitud aproximada tuvieron y cómo se ubican en el contexto geológico que conocemos actualmente”.

 

Al registrar los temblores, los pueblos prehispánicos creían que tenían una relación directa con heladas, nevadas, actividad volcánica “humo de piedras que se eleva el cielo”, o bien eclipses y cometas; también con eventos políticos, guerras, muertes, ascenso o caída de gobernantes, esos hechos los registraban en los códices, lo que ayuda a los sismólogos a situarlo en el tiempo. El interés de los pueblos indígenas por dejar constancia de los sismos está íntimamente relacionado con sus concepciones cosmogónicas: cíclicas y apocalípticas.

 

Pero el mundo prehispánico cambió mucho tras la llegada de los españoles. En la colonia temprana, la religión ya estaba muy presente en vida la cotidiana de las comunidades, y las reacciones de los habitantes de la Nueva España pasaron de gritos y escupitajos a arrodillamientos y rezos: “Entonces había que calmar la ira divina de alguna manera y una de las maneras era organizando rezos, procesiones, misas, las famosas rogativas. La religión estaba tan presente en el cotidiano de la vida de toda esta gente que, por ejemplo, antes de que se generalizara el uso de los relojes, los sismos se medían con rezos, entonces decían: el temblor duró un credo, el temblor duró dos salmos o el temblor duró un salmo rezado con devoción, eso quería decir que duró mucho más”.

 

Los sismos, al igual que otros fenómenos naturales, eran entendidos como un castigo ejemplar que la ira divina enviaba a los humanos pecadores, que provocaba miedo, un miedo institucionalizado por la iglesia, por eso se extendieron los exvotos “un vínculo material creado por el fiel para unirse con la divinidad”, frases como: “¡Jesucristo Señor! Por estos perversos cristianos haces esto”.

 

Pero cuando los sismos provocaban grandes daños, se realizaban procesiones, actos masivos que eran prolongados y suntuosos; incluso, en el sismo de abril de 1845, un sismo que se estima tan fuerte como el de septiembre de 1985, se ordenaba “a las autoridades eclesiásticas para que en todas las iglesias se hagan rogaciones públicas al Todopoderoso  y nos libre de nuevas calamidades”.

 

Aunque llevamos poco más de 100 años midiendo los sismos cuantitativamente, la riqueza de los registros históricos del México antiguo nos muestra que los temblores no son nada nuevo, lo único que ha cambiado es cómo los enfrentamos, cómo nos preparamos para ellos y cómo los comunicamos. En el centro de México retumbó la tierra “otra vez un 19 de septiembre” y alguien volvió a pedir clemencia a su Dios como lo hicieran los aztecas en el mismo lugar, hace 700 años.

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