Hoy el Baúl de los Recuerdos se abre para rememorar aquellos días en que  llegaba a su fin el ciclo escolar. Por una parte,  dejaríamos de ver a nuestros amigos, compañeros, la niña bonita del salón, el joven bien parecido, se abandonaba el recreo que era lo más importante,  quedaba la incertidumbre del cambio de maestro para el próximo curso, entre los niños se hacían comentarios relacionados con nuestro futuro, se comentaba que los maestros de la otra escuela eran regañones, que no permitían bromas y que no tenían consideración para reprobar a quien se lo mereciera.

 

Seguramente también se acuerda, de aquellos meses de mayo y junio, cuando comenzó a ensayar el vals, con temas  de Johann Strauss o Richard Clayderman. Por principio, era un gran problema aceptar a la pareja con  la que nos tocaba bailar; comenzaban los ensayos todos los días y a todas horas. Luego venía la junta con los padres de familia para designar la vestimenta, que por lo regular, consistía para los hombres de pantalón negro, camisa blanca, zapatos negros y corbata, el colmo era cuando decidían que fuera corbata de moño con escarola, parecíamos elementos de la Sonora Zacatelco. Las damitas no se quedaban atrás, les asignaban un vestido largo, un tocado, zapatos de tacón -ya se imaginara como caminaban y claro, se les permitía un poco de maquillaje y colorete.

 

Llegaba el gran día, la ceremonia iniciaba con  la presentación de autoridades; ahí estaba el presidente municipal, el presidente de la sociedad de padres de familia, un representante de la SEP. Como siempre las palabras de bienvenida estaban  a cargo del director del plantel, quien por cierto, había preparado un discurso largo, tedioso, aburrido  y poco convincente que más o menos decía  así:” Jóvenes este día es uno de los más importantes de su vida, han logrado la meta que se han propuesto, para bien de ustedes y para satisfacción y orgullo de sus padres,  de sus hermanos y de toda la gente que los acompaña en este día tan importante. Hoy  egresan de esta institución que les dio cobijo durante tantos años, ustedes son el futuro de la nación, tienen la obligación de transformar  esta bendita nación, que nos ha dado libertad, identidad... Y así seguía el discurso por bastante tiempo. El director emocionado hablaba y hablaba, mientras la gente se desesperaba por el calor, los niños comenzaban a llorar, los egresados se impacientaban en sus lugares, mientras el profesor, de forma discreta, buscaba la manera de controlarlos. Los padres de familia se conmovían hasta las lágrimas, quienes por cierto, estaban acompañados del padrino de graduación, quien cargaba un ramo triangular de plástico y un regalo. Aplaudían a raudales, la emoción era indescriptible, al término de las palabras del director seguía las palabras de las demás personalidades y el conductor del programa anunciaba el momento esperado... La hora del vals, comenzaba la música y como por arte de magia aparecían fotógrafos de todos lados y por otra parte los maestros para controlarlos.

 

La mayoría de los familiares solicitaban la “foto del recuerdo”, que por cierto, todavía ha de  tener usted guardada en su “Baúl de sus Recuerdos” particular y que seguramente no quiere usted que nadie la vea, porque  sus hijos han hecho comentarios al verlas, tales como: ¡Hay Papá! ¿a poco te vestías de esa manera? ¡Mira la corbata de papá¡ estaba re fea; ¡¡Mira los zapatos que usaban¡¡  ¿Ya viste la cara que ponía? ¡No tenía esa panzota¡¡No se parece nada¡ ¡Sí que ha cambiado verdad¡ ¿Cómo se atrevían a ponerse esas ropas? ¡Mamá que vestido tan feo escogieron¡ ¿Qué no tenías vergüenza? Todos los comentarios acompañados de risas, burlas  y bromas.

 

Desde luego, no podía faltar la participación del alumno modelo del salón, quien tenía honrosa encomienda de dar los agradecimientos a su escuela, a sus maestros, a sus padres y a todas las personas que asistieron a tan memorable acontecimiento y que por cierto a la mitad del discurso se le olvidaba y entonces se retiraba en medio de aplausos todo avergonzado, seguido de la mirada del profesor, quien quería  fulminarlo con la mirada.

 

Llegaba el momento cumbre: la entrega de certificados y entonces tal como sucede en este tiempo, uno a uno, pasaba a recibir su documento acompañado de su padrino, su “ramote” y su foto. Surgían las promesas y las lágrimas entre los egresados todos decían “Nunca nos vamos a olvidar” “Hay que reunirnos de vez en cuando” “Te voy a extrañar mucho”  y seguían las promesas  producto de la emoción y del momento.

 

 ¿Todavía se acuerda de los nombres de sus compañeros de kínder, de la primaria y la secundaria, al menos de algunos de ellos? Haga memoria. ¿Con cuantos de ellos se sigue frecuentando? ¿Algunos de ellos ya fallecieron? ¿Qué paso con la niña bonita del salón, sabe cuál fue su destino? ¿La ha visto alguna vez?  ¿Cuántos de ellos son sus compadres? ¿No me diga que se caso con la “chamaca flaca” a la que le jalaba las trenzas? Ya ve, eso le pasa por gandaya. Si se identifica en algún momento con este artículo lo felicito, sonría y disfrute de la alegría de esos bellos momentos y compártalos con su familia. Finalmente el ser humano vive de lo que se acuerda.

 

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