Desde hace muchos procesos electorales, la gente me pregunta ¿Quién va a ganar la elección?  Y nunca doy una respuesta directa para señalar a algún candidato.  Me suelto haciendo un análisis y dependiendo de mi o mis oyentes, trato de utilizar el lenguaje y el tiempo necesario.

 

Trato de ser explícito, incluso para mí mismo.

 

Tanto en 2006 como en 2012, respecto a la elección presidencial, mi análisis se decantaba en la idea de que Andrés Manuel López Obrador ganaría la elección, pero en ambas mi reflexión incluía los elementos para pensar en que, como lo dice el ciudadano común, “quien sabe si lo dejarían llegar” al cargo.

 

Y es que en nuestras elecciones, lamentablemente, el juego sucio, es el que impera.  Así es que la oposición al partido en el gobierno, desde luego tradicionalmente el PRI, pero luego también el PAN y hasta el PRD, no sólo debe luchar por obtener la mayoría de los votos, sino también para evitar que le hagan fraude.

 

La ley casi natural del “todo se vale” es la que impera en las elecciones mexicanas, antes y después de lo que, desde Samuel P. Huntington, se llamó transición a la democracia.  Es decir antes y después de que se formara un sistema de partidos competitivo, que ha sustituido al sistema de partido hegemónico pragmático, como lo llamó Sartori.  O en términos de Alonso Lujambio, antes y después de que el PRI empezó a compartir el poder, que concentró durante unas siete décadas, con otros partidos políticos.

 

Las llamadas campañas sucias, es decir las estrategias que se enfocan en magnificar los defectos o los errores del oponente, tomaron residencia mexicana, con mercadólogos electorales, como el español Sola, que en 2006 acuñó la malvada frase del “peligro para México”.

 

La mentira vil es moneda de cambio en nuestras campañas electorales, desde entonces, bajo la doctrina del comunicólogo del nazismo, de que una mentira que se repite mil veces se vuelve una verdad, en el imaginario de la masa.

 

El caso es que ahora que me preguntan si va a ganar el Peje, casi como rectificando, agregan la pregunta de si ¿lo dejarán llegar o nuevamente le van a robar la elección?  “Porque las otras dos elecciones las ganó…” se explayan.

 

Y sin dejarme responder la pregunta, se siguen con frases o comentarios que se repiten en todos lados.  De que ahora sí parece que no lo van a poder parar con nada, que la gente ya está harta; que pinche Peña cree que no sabemos que su candidato el “Mid” (así lo pronuncian) es el que ordenó los gasolinazos.

 

Identifican al enemigo ante la grave situación económica que no entienden los economistas del sistema.  Entienden con cierta laceración que lo que ganan ya no les alcanza para sobrevivir, que de hecho nunca les ha alcanzado.  “Mientras los pinches diputados y los senadores ganan un chingo y no hacen nada los putos. ¡Nomás van a levantar el dedo!”, dicen y elevan la voz.

 

Entonces trato de explicar que en realidad no le hacen trampa a Obrador (como lo identifican más), sino que le hacen trampa a esa supuesta mayoría de mexicanos que votaron por él.  Les cuento que por ejemplo el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (el TRIFE les digo) en 2012 dijo que Peña, sí había hecho trampa, pero poquita.  “Esas son jaladas…” casi gritan.

 

A esas alturas de la plática, yo ya soy uno más de ellos, no soy el analista que escribe columnas de opinión desde hace casi veinte años.  Ellos me explican con muchos más argumentos, porque votarán por el viejito, (mi abuelito dice uno de ellos, “ya lo adopté como mi abuelito”).

 

Coincido, aunque con otras palabras, con su argumento más contundente: “¡Porque si vuelve a ganar el PRI o el PAN, nos va a llevar la chingada!” dicen.

Se dan cuenta que con la política económica que nos han aplicado, si apenas pueden o podemos solventar los gastos para la alimentación, pensar en educar a los hijos o que no se enfermen, es casi ya un lujo.  Claro, los que no lo ven así, dicen ellos, o trabajan en el gobierno o les compran su voto.

 

Y sí, pienso, ya no les digo, la coacción del votante es uno de los síntomas de la ciudadanía pasiva.  No sólo tradicionalmente los amenazan en su trabajo con que los pueden despedir (ellos saben que no lo pueden hacer fácilmente) sino que lo que buscan es infundirles miedo y así evitar, ya no que voten por Obrador, sino que vayan a votar y beneficiarse del abstencionismo.

 

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