Catorce meses después de iniciado el gobierno de Andrés Manuel López Obrador el México violentado pareciera ser, dicen la mayoría de los analistas políticos, anclados en las viejas claves, su pendiente más grave. O sea su, cacarean, “promesa incumplida”.

 

Y así sería, insisto con las viejas claves del análisis, si no fuera que el titular del ejecutivo federal se reúne todos los días de la semana a las seis de la mañana con su gabinete de seguridad para atender el complejo tema.

 

Amigos que considero inteligentes, en una actitud supuestamente crítica, ante lamentables hechos, además de magnificados por las empresas periodísticas convencionales en la prensa, la radio y la televisión, se extravían en el momento en que no se mantiene la calma necesaria para el análisis de la lacerante coyuntura.

 

Tuitean y postean, desesperados como si fueran expertos en el tema.  No se dan chance de la mesura.  El momero Rapé, por ejemplo, pide “mano dura”.  Le pregunto que si puede decirnos que es eso de la “mano dura” y su respuesta es el silencio.  Respetuoso desde luego ese silencio pero nos hace pensar a nosotros en la falacia de dicha “mano dura” como expresión popularizada de lo que en otros confines (el Nueva York de Giuliani) se llamó la tolerancia cero contra la delincuencia.

 

Se entiende, sin embargo la desesperación, porque nadie de a pie, comprende cómo puede haber personas que sean capaces de asesinar a una niña de siete años, como ha ocurrido no sólo en el caso reciente en la ciudad de México, sino en los cientos o miles, para no exagerar, aunque me quede corto, de los ocurridos en todo el país, por lo menos durante los dos sexenios pasados y lo que va de éste.

 

Y entonces grito desde el feis, qué hicimos mal para llegar a esto.  Y me respondo honesto que sí, que lo que hicimos mal fue elegir a los más corruptos y viles como nuestros gobernantes, por lo menos los últimos treinta años…

 

Pero, quién asume la responsabilidad de los que votaron a favor, ya no digamos de Salinas, Zedillo o Fox.  Quién acepta que su voto a favor de Calderón o Peña contribuyó a que la violencia en el país se encuentre en los terribles niveles de incidencia en que se encuentran.

 

Pienso que muchos de ellos lo hicieron el 1 de julio de 2018 y votaron a regañadientes por AMLO.  Y qué bueno, porque eso hizo, aunque ahora no lo perciban que se cambió de rumbo.

 

El actual presidente nos obliga, ante la inédita situación, a abandonar los lugares comunes, las frases hechas y los slogans.  A que si de verdad queremos ver qué es lo que está en juego en su política, no le hagamos mucho caso, como dice Fernando Savater, a lo que juegan los políticos de profesión, él incluido.

 

Y su política no es ninguna ocurrencia, como vociferan sus detractores, que no críticos.  Su política es la del Estado del bienestar.  Su política, pragmática como toda buena política, es la de promover la equidad económica para propiciar la justicia social.  En otras palabras que las oportunidades de superación personal no se queden en los estratos altos, sino que se diseminen lo más posible.

 

La hipótesis está comprobada, la desigualdad social propició a la larga el crecimiento exponencial de la delincuencia organizada, como la del narcotráfico o el huachicoleo.

 

¿Cuál es el camino de regreso a estatus más pacíficos? Esa es la pregunta clave.  Y la respuesta toma muchos rumbos. 

 

Un cuerpo de seguridad profesional y profesionalizado blindado frente a la tentación de la corrupción, la legalización de las drogas como estrategia global contra el narcotráfico, mejores salarios para los trabajadores en la fábrica, becas para los jóvenes que quieren estudiar, empleos en el campo, apoyo a las mujeres en su cotidianidad como profesionistas, estudiantes o amas de casa (empoderarlas gusta decirse desde el feminismo).

 

Todo esto está haciendo el gobierno de López Obrador y muchos nos hacemos responsables del voto consciente que depositamos por él en aquellas sorprendentes urnas que le dieron más del cincuenta por ciento de la votación válida.  Muchos más, el 70% de los mexicanos dicen las encuestas, lo avalan ya en el ejercicio del poder.

Pero ahí están los “desilusionados” ya de haber votado por él y no deben ignorarse, deben informarse. 

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