Prodigiosa ha sido la combinación, en el Zócalo de la Ciudad de México, la noche del 15 de septiembre,  entre el canto de Eugenia León (Hay palomita no tengas miedo / vuelve a Oaxaca junto a Toledo… Paloma vuela por todo el mapa / se hará justicia en Ayotzinapa…) y los gritos de la gente bajo el balcón dirigiéndose al Presidente Andrés Manuel López Obrador (¡Sí se pudo!, ¡No estás solo!, ¡Es un honor estar con Obrador!).

 

Casi apoteósico ha concluido el desfile militar del 16 de septiembre, con la banda de música y el coro militar entonando el Cielito lindo, seguido por la gente ahí reunida.

 

Como nunca, a menos que alguien me corrija, pienso que el simbolismo patriótico de estas fechas ha manifestado un sentido fundamentalmente político, es decir de interés público.

 

El ritual se ha salido del juego nefasto de las simulaciones. Es decir el de dejar de mostrar, a un titular del poder ejecutivo, que en apariencia representa a un pueblo cuando en realidad evidenciaba con comportamientos propios de una oligarquía, su superioridad clasista por encima de la masa empobrecida por sus acciones.  Triste, para no decir lamentable, ha resultado el hecho de que el coro popular haya llegado a espetar, por lo menos a los dos últimos presidentes, acusándolos de asesinos.  Imputación entendible frente a las decenas de miles de víctimas de desaparición forzada y  asesinados en la estúpida “guerra contra el narcotráfico”.

 

La noche del 15 de septiembre entonces suntuosa, hasta la burla, se ha transformado en una impresionante muestra de esperanza. La indignación de antaño al observar por televisión a los invitados especiales a Palacio Nacional, aplaudiendo cual corte de privilegiados, que disfrutaban de caras viandas y bebidas con costo al erario público, ha sido borrada de un plumazo con la idea de que nunca más permitamos eso. Eso, que por cierto no dudemos que aún ocurra en algunas gubernaturas y presidencial municipales del país.

 

Contentos nos hemos ido a dormir la noche del pasado domingo, quienes no gustamos, o tenemos impedido, asistir al jolgorio de las plazas, con la idea de atender el desfile de la mañana siguiente.

 

Parada militar que no nos defrauda en la idea de que detrás del simbolismo hay una propuesta política para rescatar y reencausar a México.  Porque la decisión de que sea el contingente de la naciente Guardia Nacional (con su uniforme de proximidad social)  quien la encabece, resulta acertada por lo que representa frente al miedo paralizante al que nos ha acostumbrado la violencia: la esperanza de por fin contar con un cuerpo de seguridad pública capaz de iniciar la lucha frontal al crimen organizado que lacera nuestra paz desde hace ya varios lustros.

 

De manera increíble, pareciera que las personas de a pie se olvidan de vejaciones recientes y de antaño cometidas por miembros del ejército, como en Tlatlaya en 2014 o en la Plaza de las tres culturas en 1968, para coincidir con López Obrador, de que son pueblo uniformado. 

 

Y es que con los contingentes del desfile se han esmerado en destacar aquello con lo que ayudan a la población las fuerzas armadas y que no se puede negar. No es de a gratis que uno de los primeros del ejército, resalte su labor en el cuidado de instalaciones de PEMEX, empresa víctima en los últimos años del robo vil de combustible.  Sorprende, aunque no debiera tanto, que a una sola orden de su Comandante en Jefe, ahora se note, afortunadamente, más su honestidad, lealtad y su casi ausencia de corrupción.

 

Importante, para quienes durante toda nuestra vida pensamos negativamente del ejército y la marina, resulta hoy darnos cuenta que pese a lo lacerante que son los hechos sangrientos que el pueblo sufrió a manos de militares; la labor de una enorme mayoría de ellos y el equipo con que cuentan, sí ha sido para ayudar, sobre todo en situaciones de desastres, como lo evidencia el llamado Plan DN3, desde 1963.

 

Así, casi podemos concluir, en que lo que siempre ha estado esencialmente en juego en la política militar del Estado mexicano es la seguridad nacional, para defendernos de eventuales agresiones extranjeras y la protección civil, frente a catástrofes naturales.  Aunque quizá tengan una deuda en materia de seguridad interior y pública, para defendernos del creciente crimen organizado.

 

Finalmente, otro aspecto que me parece relevante que nos ha mostrado este evento, es el importante papel de las fuerzas armadas en la formación de profesionales, altamente disciplinados, que deriva en tareas de investigación e intervención comunitaria; así como en el fomento deportivo de alta competencia.

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