Cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador hace el llamado a “portarnos bien” lo hace más en el sentido moral, no precisamente el político.

 

En lo político, “portarse mal”, no es más que desobedecer, rebelarse, sublevarse. Portarse bien es obedecer a quienes ostentan el poder público.  Pero esto es auténticamente político hasta que obedecemos o nos rebelamos a partir de un conjunto de razones.  Respecto a esto último, sin ellas, declinamos básicamente hacia el anarquismo, o sea a la idea de que no necesitamos que haya alguien que mande.

 

La protesta social, es decir cuando amplios contingentes de personas salen a manifestarse en las calles, o ahora tuitean y postean en Twiter y Facebook,  tiene que leerse entonces en términos de las razones que propician esa actitud.

 

Si las logramos identificar, a lo que nos estamos asomando, es a lo que está en juego políticamente hablando, en la coyuntura efervescente.

 

Y lo primero que hay que hacer es separar lo emocional y el inmediatismo de nuestras reacciones frente a lo que nuestra primera impresión capta como injusto.  Hay que, sobre todo quienes nos dedicamos al análisis, mantener cierta calma para no entregarse apresurados a la indignación.

 

Es fácil, pienso, de identificar esa entrega de muchos habitantes de las llamadas redes sociales en internet.  Por lo regular adaptan su perfil.  Si se incendia la catedral de Notre Dame en Paris, ponen una bandera francesa, si al entonces candidato López Obrador lo acusan de ser financiado por los Rusos, rusifican su nombre, o si apoyan a las feministas en estos días en la Ciudad de México, pues ponen un efecto de brillantina rosa.

 

Todo ello es válido, pero hay que bucear en el caso para identificar el tema.

Y el tema, el problema lacerante que vivimos, es el de la violencia generalizada que en México nos heredaron por lo menos los últimos cinco sexenios.  Y particularmente la llamada violencia de género.  Lo ignominioso del feminicidio.  Violencia física que es precedida por la violencia simbólica, dice Pierre Bourdieu, de la dominación masculina.

 

Dominación que surge, según Frederick Engels, con la familia monogámica en el paso del salvajismo a la civilización.  Con el nacimiento económico de este tipo de familia, aparece, dice el noble compañero de Karl Marx, la propiedad privada; la mujer queda esclavizada.  El hombre se convierte en el rey de la casa y ella se encarga generosamente de coronarlo, con la práctica inmediata del adulterio, que será castigado, mientras que la bigamia será socialmente tolerada.

 

Siglos de lucha por la igualdad y la equidad de oportunidades han pasado.  Se han dado pasos enormes, pero ellas siguen siendo las mayores víctimas.  No cuantitativamente, sino moralmente hablando.  Y eso ya no es desdeñado.  Las propias mujeres, aquí o en argentina, se atan un pañuelo verde al cuello y salen a protestar, por el derecho a decidir sobre su propio cuerpo, exigiendo la despenalización del aborto, o para gritar su indignación por problemas como la trata de mujeres para el comercio sexual ilegal o por las violaciones, desapariciones y homicidios.

 

Las recientes movilizaciones en la Ciudad de México, como desobediencia política insisto, tienen esas razones.  Eso es lo importante.

 

Me pregunta al respecto mi opinión Carlos, uno de mis estudiantes de sociología.  Le digo que la lucha feminista es el movimiento más revolucionario (o sea que cambia al mundo) que en los últimos setenta años se ha dado.  Y es la más justa de las demandas por una sociedad equitativa.  Sólo que la dominación masculina es milenaria y la cultura patriarcal se resiste a derrumbarse.

 

El caso particular de las recientes protestas en la Ciudad de México, sin embargo, tienen un trasfondo interesante, porque independientemente de su legitimidad, están siendo alentadas e infiltradas por la oposición partidista al gobierno morenista.  Buscan radicalizar el movimiento para obligar al gobierno de Claudia Sheinbaum a reprimirlo con la policía.  La violencia con la que algunos participantes se comportan es no sólo auténtica sino también incendiada por lo provocadores; además de viralizada en internet.  Pocos en percibimos esto.

 

Le dijo a Carlos el sábado pasado, y con esto concluyo esta reflexión, que haciendo un poco de prospectiva yo considero que el conflicto no escalaría a niveles mayores.  Que la Jefa de Gobieno y la Procuradora de Justicia tienen la suficiente capacidad política y sensibilidad social para evitarlo.

Y así ha ocurrido, Sheinbaum tiene incluso la decencia de ofrecer disculpas por equivocadamente declarar inicialmente que las protestas por la supuesta violación de una chica por policías, era una provocación a su gobierno.  Ha dialogado ya con los colectivos manifestantes y hay la esperanza de que de ese encuentro, en la sana diferencia, surjan iniciativas, programas y políticas públicas que enfrenten el problema y se busque extirparlo de raíz.

 

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