A casi un año de ocurrido el hecho, la pregunta de qué realmente ocurrió el 1 de julio del año pasado, para que el triunfo de Andrés Manuel López Obrador haya sido tan contundente, no ha encontrado respuestas profundas.

 

Recordemos que obtuvo más del 53% de la votación válida, con una ventaja de más del treinta por ciento respecto al segundo lugar, así como la mayoría tanto en la cámara de diputados federales y la cámara de senadores. Y eso sin contar los triunfos de su partido, morena, en elecciones locales que se realizaron de manera concurrente.

 

Es decir que mientras de cinco a seis de cada diez ciudadanos que acudieron aquel día a las casillas de votación decidieron por AMLO, sólo dos o tres lo hicieron por el candidato panista y uno o dos por el del PRI.  Y en algunas entidades federativas esa contundencia fue mayor, como en el caso de Tlaxcala donde prácticamente ocho de cada diez votantes optaron por él.

 

¿Por qué tuvieron ese comportamiento?  Las respuestas rápidas se volcaron en algo que ya es un lugar común, “que la gente estaba cansada”.  ¿Pero cansada de qué? ¿Del PRI, del PAN, de ambos? No pareciera en realidad, si sumamos los porcentajes de los dos partidos, vemos que obtuvieron el 38.67%, es decir prácticamente cuatro de cada diez votantes no favorecieron al actual Presidente.

 

Así la pregunta inicial sigue siendo la interrogante más importante, por qué la mayoría de los ciudadanos, del 63.42%  de los que tenían derecho y acudieron a votar, tomaron con tanta claridad la decisión de llevar a López Obrador a la Jefatura del Estado y la titularidad del poder ejecutivo.  Incluso ¿por qué luego de esa votación su popularidad o aceptación, de acuerdo con todas las encuestas, subió hasta alcanzar en un momento poco más del 80%?

 

De hecho los resultados mismos superaron las expectativas, no sólo del propio Andrés Manuel, sino de las encuestadoras.  Muy serenos esa mayoría de ciudadanos tomaron las boletas de la elección y lúcidamente las cruzaron en un sólo sentido, por morena. Votaron parejo, como pidió el ex Jefe de Gobierno del entonces DF hoy Ciudad de México y dos veces antes (2006 y 2012) candidato presidencial.  No le hicieron caso, quizá ni siquiera los llegaron a escuchar, a intelectuales como Enrique Krauze y compañía, para utilizar el voto diferenciado; quizá ni siquiera entendían qué era eso.

 

Pienso, no tengo las evidencias suficientes, que esa mayoría entendía, por increíble que fuera, que en su voto estaba, y sigue estando, en juego su propio futuro personal y el del país.  Se vivió, diría siguiendo a José Saramago, una extraña lucidez ciudadana rebelándose ante un estado de cosas que consideraron tenían que cambiar, sobre todo en el aspecto de su situación económica personal y de inseguridad frente a la delincuencia lacerante.

 

Y lo tengo que decir, mi hipótesis de que lo que ocurrió el 1 de julio de 2018 en la elecciones mexicanas fue un momento de lucidez increíble, me sigue esperando para poder demostrarla interpretando el dato electoral frio de los números y los porcentajes, explorando el estado de ánimo previo y el posterior a un año de distancia.

 

Me explico, o trato de explicarme.  Indudablemente frente a las opciones de continuidad que representaban Anaya y Meade, a AMLO le tocó la ansiada bandera del cambio.  Cambiar, o la esperanza de cambiar, se convirtió en la imagen de campaña del morenista. Y toda la fallida campaña negra lo confirmaba. 

 

Ejemplo 1, el compromiso de combatir de frente a la corrupción sonaba sincera, mensajes de que no la toleraría en sus colaboradores anunciados o de que no derrocharía siendo presidente, empezando por bajarse el salario, no vivir en Los Pinos, o no usar el avión presidencial y venderlo parecían sencillas de implementar.  Siete meses en el cargo, efectivamente han demostrado que nada difícil resultaba hacerlo y eso le gusta ya no sólo a sus votantes sino a los que no votaron por él o incluso no votaron.

 

Ejemplo 2, a explorar, igual que el anterior. La promesa de que habría apoyos económicos directos a toda la gente, adultos mayores, jóvenes, discapacitados y más materializada en gran medida un año después, podría dar cuenta de que si los electores hubieran considerado su voto, depositado en la urna, como una inversión, parecieran ya empezar a ver algo de los frutos de la misma.

Y ejemplo 3, quizá el más delicado de observar.  Darle el poder, o el suficiente poder a Obrador y su partido-movimiento pragmático, alimentado desde todos los espacios del espectro de los políticos de profesión, con el anhelo de que la violencia pudiera empezar a ceder, hoy materializado en la llamada Guardia Nacional (con defectos y virtudes en su implementación); resulta quizá la apuesta más ambiciosa alimentada casi de pura fe.

Juega bien, opino, su juego el Presidente, porque sabe todo lo delicado que para la vida de más de ciento veinte millones de personas, incluyendo a los migrantes centroamericanos, está en juego en su futuro.

 

e- mail: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Twitter: @ccirior