Nuestro culto al sistema decimal nos lleva, en todos los terrenos pero principalmente en el político, a pensar que los procesos sociales y organizacionales o de gobierno ocurren por generación espontánea.

 

Así, nuestras lecturas o balances sobre los primeros cien días del gobierno del Presidente Andrés Manuel López Obrador, no están exentas de aquello, por lo que vale la pena ensayar, con algún caso, en una reflexión alternativa que nos permita ver que las decisiones tomadas y sus consecuencias no se circunscriben a los cien días sino por lo menos a los 251 que llevamos del martes 3 de julio, fecha en que el entonces claro triunfador de la elección presidencial inició su nuevo trajín, visitando en Palacio Nacional a Peña Nieto.

 

Y de ahí para acá, 251 días naturales, sus decisiones y sus acciones, de manera directa o de sus correligionarios en el Congreso de la Unión desde el 1 de septiembre igual del año pasado, son las que marcan el derrotero político, o sea público, del país.

 

Y ese recorrido ha sido leído en el estricto sentido del viejo refrán que reza que todo depende del cristal con que se mire.  Las polémicas, más que los debates lamentablemente, son las que imperan, en los círculos de la alguna vez llamada opinión pública, es decir de los espacios mediáticos desde la que columnistas o editorialistas, en buena medida contra el Presidente.

 

Veamos el caso más controvertido, la suspensión de la cuestionada, desde las campañas, obra del que habría sido el Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México (NAICM).  Mientras los opositores, por llamarlos así ya que muchas veces actúan como simples detractores, consideran esto como una decisión equivocada, el titular del ejecutivo la enumera como uno de sus principales logros.  El caso es que en el juego de medición de fuerzas, aquellos resultan lastimosamente derrotados, desde el momento en que, aún sin asumir el cargo López Obrador, convoca a una consulta popular para que los ciudadanos de a pie nos manifestemos.  Y esa derrota no es necesariamente por los datos que la susodicha consulta arroja a favor de la opción de construir en Santa Lucía, sino del machacar sistemático, desde el proselitismo electoral y luego la transición gubernamental, de que era una obra “faraónica” y que había corrupción por los intereses creados entre funcionarios del gobierno de Peña y grandes empresarios.

 

Que, apoyado en esa consulta el Presidente López Obrador, ya estando en el gobierno, implemente lo que de alguna manera había ofrecido en campaña, desde luego que no iba a ser aceptado por los afectados.  Así es que una feroz batalla mediática y también legal sigue en pie.  Batalla que, para los interesados en el tema de la transparencia gubernamental, se trasladó al terreno del Derecho de Acceso a la Información Pública, ya que el Pleno del Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos (INAI) ha emplazado a la oficina de la presidencia a entregar documentos sobre el tema, a partir de la respuesta a una solicitud de información recursada, en la que decidieron que las declaraciones del Presidente, no son meras opiniones sino actos de autoridad.

 

En ese mismo sentido es que están muchas de las decisiones, polémicas o no; como el Tren Maya, la Guardia Nacional, la termoeléctrica en Morelos o el retiro del apoyo a las Organizaciones de la Sociedad Civil, para casos particulares como las estancias infantiles y los refugios de mujeres en situación de violencia.  Para algunos, los menos según las encuestas, todo esto son pifias e incluso traiciones de AMLO, para otros son actitudes valientes del presidente que hay que apoyar.

 

Como cada inicio de sexenio, todo lo ocurrido en estos más de 200 días, perfilan el futuro social, político y económico del país.  Está en juego ese futuro de mediano plazo por lo menos, es decir para los próximos seis años.  Ese futuro es promisorio hoy para casi ocho de cada 10 mexicanos según las encuestas y catastrófico para el resto.  “Vamos al autoritarismo”, lanzan sus voces mentes incluso respetables, especialistas en temas como la democratización o la transparencia en el país.  Se lamentan periodistas y dirigentes que otrora recibían jugosos recursos públicos.  Se carcajean abajo, en las llamadas clases medias informadas, de ellos y sus gritos.

 

Entre los catastrofistas y los ilusos, considero yo afortunadamente hay una gran masa que confía, y no ciegamente, en López Obrador.  Inentendible, para los ilustrados, que en la calle o en las pláticas de sobremesa, la gente sencilla, no necesite explicaciones y de su voto de confianza al presidente.

Y aún vendrán temas polémicos.  Cien o más de doscientos días son sólo el preámbulo de una verdadera revolución social que tenemos que atender sin prejuicios independientemente de si estamos o no a favor del Presidente.

 

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