Sólo cuatro años después de conseguir su registro como partido político, el Movimiento para la Regeneración Nacional (morena, así con minúsculas como lo estipula su Estatuto), ya es virtualmente el partido en el poder.  Es decir el que ganó la elección presidencial el pasado 1 de julio.

 

Como partido político, cuyo proceso de formación inició antes de la elección presidencial de 2012, morena se constituyó en el principal “partido atrápalotodo” de los últimos años al allegarse, sobre todo en la coyuntura electoral presente, de liderazgos y simpatizantes de otros orígenes partidistas.

 

Ha dicho el propio Andrés Manuel López Obrador, su líder indiscutible, al recordar que hoy 9 de julio obtenían el registro, que su partido es un “fenómeno mundial”, para enfatizar el logro mencionado al principio; cuya victoria se extiende a la mayoría tanto en la cámara de senadores como en la de diputados federales, 5 de las 9 gubernaturas en disputa y la mayoría en 17 de los Congresos locales que se renovaron.  Se rebasaron todas las expectativas, incluidas las de él y su partido.

 

Una mayoría de los cargos que estaban en juego, sencillamente fueron a parar a las manos de morena.  Dicen, en la prisas propias de los que hacen opinión pública, que por el “Tsunami López Obrador”.  Yo exploro o intento explorar un poco más y pienso, o tomo como referencia la novela de José Saramago Ensayo sobre la lucidez (2004) y me pregunto cómo se generan esas doce horas de lucidez de los votantes mexicanos que cruzando una serie de boletas electorales quieren mandar al basurero a un bipartidismo lacerante de treinta años así como a un partido de Estado que pese a la alternancia en el 2000, regresó en el 2012 para mostrarse tan ineficaz y torpe al grado de que sus resultados en la economía y en la seguridad resultan dramaticamente criminales.

 

Ahora este joven partido, morena, tiene el reto no sólo de gobernar, o ser el partido en el gobierno, sino al mismo tiempo consolidarse como tal, ya que su democracia interna, igual que la de los otros partidos, es muy cuestionable, al grado de que en algunas entidades, como Tlaxcala, ni siquiera tienen una dirección local estrictamente apegada a su ordenamiento interno.

 

Sin embargo esos retos pueden desarrollarse en un ambiente más benéfico que adverso.  Siempre y cuando como lo han dicho ya algunos de sus cuadros más notorios, se convierta no en el partido del gobierno, sino el partido en el gobierno.

 

Por su lado Andrés Manuel López Obrador, está ya en el sitio que buscó en dos ocasiones previas, es decir en la antesala del poder ejecutivo federal, y que a decir de muchos, le fue birlada esa posibilidad.

 

Los datos arrojados por las urnas son de principio impresionantes, pero qué significa cada uno de ellos y cómo debemos leerlos nosotros los ciudadanos de a pie para no ilusionarnos con él, pese a que muy convencidos le hayamos dado nuestro voto.

 

Primero los más de treinta millones de votos recibidos que lo convierten, como ya lo han dicho muchos, en el candidato presidencial más votado de la historia.  Son, hay que recordarlo más de treinta millones de personas que, pese a toda la campaña sucia, alguna incluso violatoria de nuestra privacidad, como las llamadas a los teléfonos celulares y domiciliarios, decidieron poner su futuro individual y colectivo en las manos (cabeza y corazón diría él) de este tabasqueño.

 

Segundo, que porcentualmente haya alcanzado el 53% de los votos válidos, es decir que poco más de la mitad de los electores lo prefirió respecto a sus competidores.  Porcentaje que, si lo pusiéramos en una hipotética “doble vuelta electoral”, como ya existe en otros países latinoamericanos, se habría definido en el primer raund.

 

Y tercero, la ventaja que logró respecto a su más cercano perseguidor fue contundente.  Difícil de instrumentar, con éxito, un fraude electoral con treinta y un puntos porcentuales de distancia.  Digamos que se cumplió el vaticinio beisbolero del Peje, de que iba a ganar por paliza.

 

Pero, cuarto, también poco menos de la mitad, 47% de los votantes, es decir casi la mitad de los que acudieron a las urnas no lo eligieron a él, sino a uno de los tres restantes candidatos.  Por lo que cuenta con un buen bono de confianza, pero tiene una brecha importante de ciudadanos a convencer, porque estarán reacios, con sus acciones y comportamiento en el gobierno.  Claro, si pensamos que este porcentaje en el caso de Peña, hace seis años fue de 62% y en el de Calderón de 64%, y que ninguno de los dos convenció a los que no votaron por ellos; López Obrador tiene también en este rubro una ventaja.

 

Seguro, en esta columna y en otras continuaremos nuestro análisis, porque es necesario explicar(nos) la complejidad de lo ocurrido y no irnos con las imperantes frases hechas.

 

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