¿Alguien sabe dónde quedaron la moral y la ética en este país?

Al parecer nadie sabe y lo más probable es que han desaparecido de los hogares de millones de familias de nuestro país. Y quizá eso ha ocasionado el que ocupemos los primeros lugares en índice de corrupción y de inseguridad.

Es un hecho que todos los mexicanos nacimos en una familia. Sí, también todos aquellos que al paso de tiempo se han convertido en delincuentes, nacieron dentro de una familia de algún tipo. En una familia nació el político corrupto, el ejecutivo inmoral de una empresa, el narcotraficante, el ladrón, el asesino. Allí nacieron los asaltantes, los violadores, los golpeadores. Los que hacen mal su trabajo, los que despilfarran su fortuna, los mentirosos, los fraudulentos. ¿Qué sucedió en las familias de esas personas? No lo sé y no pretendo juzgar a nadie.

Lo que creo es que la moral y la ética comienzan en casa. Inicia el día que el padre de familia enseña a sus hijos que hay cosas buenas y malas: la llamada de atención por calificaciones bajas y por una llegada a deshoras, cuando se regaña por mentir y engañar.

El día en el que la madre de familia explica por qué no dio vuelta en un lugar prohibido a pesar de que “todo el mundo lo hace”, cuando devuelve a la cajera el cambio que le dio de más, cuando ella misma se levanta para preparar el desayuno a los hijos y llevarlos a clase puntualmente.

Es un hecho que la moral se vive en casa, se aprende a diario, con cada acto. Si en la casa no hay moral ni ética, el resto de las instituciones de la sociedad poco podrán hacer. Y esa educación casera es la que perdura, porque se vive con ejemplos, como cuando la familia prefiere pagar la colegiatura de los hijos a comprarse un auto, o cuando al comprar se pone atención en los precios, lo que enseña el valor del trabajo.

Cuando hay llamadas de atención por copiar en clase, por no hacer los deberes del colegio, por esperar a hacer las cosas de última hora. Si dentro de la casa no suceden cosas como éstas, no hay iglesia ni escuela que puede remediar la situación.

Es en casa, en el hogar, donde los jóvenes aprenden a distinguir lo bueno de lo malo, que es el conocimiento más útil que tendrán el resto de sus vidas, para entender que el robar exámenes no es ético; que ahorrar es bueno, que hay normas mínimas de trato entre humanos.

Que es malo conducir a exceso de velocidad, que el alcohol no es un buen amigo y mal consejero. Que lucir un carro último modelo no es importante, como tampoco lo es el tener ropa “de marca”. En cada mal ejemplo, en cada capricho cumplido, en cada falta de exigencia, en cada violación moral no señalada dentro de casa, la moral y la ética son enterradas poco a poco.

La casa en la que la moral y la ética son guardadas en el armario, corre un riesgo de que los padres sean vistos como viejos anticuados que no entienden “los tiempos nuevos”. Es una presión extraordinariamente fuerte de soportar, similar a la de los políticos que por mantenerse firmes en sus convicciones pierden popularidad entre los ciudadanos.

Ésta es la prueba que enfrentamos los padres y de la firmeza de nuestra posición dependerá el aprendizaje de los hijos. Nuestra función de padres es educar, ocuparnos de la ética y la moral en la familia. El amor no es solamente un sentimiento, es sobre todo un trabajo. Sin una serie de esfuerzos perseverantes, nunca podremos ser conductores de vida integral para nuestros hijos.

No permitamos que la moda entierre los verdaderos valores que nos hacen mejor mejores seres humanos y por ende, mejor sociedad.