Un régimen democrático requiere de una ciudadanía, informada e interesada en participar en los asuntos políticos de su comunidad. Porque sin la participación de los ciudadanos en el proceso político, la democracia carece de sentido y legitimidad.

 

La ciudadanía es el pase de entrada para la democracia; pero no hay democracia efectiva sin un sistema eficaz de representación. Las libertades individuales adquieren otra dimensión cuando se vuelven proyecto común a través de las organizaciones políticas.

 

Y el ser buenos ciudadanos, también implica elegir buenos gobernantes. Y es en esta disyuntiva donde, creo, nos hemos equivocado. Se ha optado por personas que en apariencia cumplían los requisitos para ser buenos gobernantes, pero con decepción al paso del tiempo nos hemos dado cuenta que no eran los que aparentaban. Convirtiendo la administración gubernamental un ente sin pies ni cabeza, provocando un hartazgo y decepción en la población.

 

No hemos entendido que la democracia no termina al momento de depositar nuestro sufragio por el candidato de nuestras preferencias, pues es ahí donde precisamente comienza la parte más importante de nuestra obligación como ciudadanos.

 

Que no es otra que la de estar al pendiente del accionar de las autoridades electas, exigiéndoles en un marco de respeto que cumplan con las promesas que nos hicieron a lo largo de la campaña electoral. Pero sucede todo lo contrario. Esperamos que quien resultó triunfador sea quien solucione, como por arte de magia, la problemática que se vive en nuestro municipio, en nuestro estado en el país.

 

En la sociedad podemos identificar dos tipos de ciudadanos: los activos, que conocen sus derechos y obligaciones, expresan su opinión y participan activamente en la vertebración social. Buscan la equidad, la justicia, la igualdad y el respeto entre hombres y mujeres, la responsabilidad social y motivan la participación de todos los miembros de la comunidad en la vida económica y social.

 

Los ciudadanos pasivos, los que no se involucran en ningún tipo de acción o actividad democrática, más bien esperan que otros resuelvan los problemas; asumen las soluciones impuestas sin ninguna duda que viven acostumbrados a estirar la mano, a recibir la dádiva social de los gobiernos en turno a cambio de su silencio e inamovilidad.

 

Por fortuna existen mexicanos a los que les disgusta el estado que guardan las cosas en esta nación. Les indigna la pobreza, la inseguridad, la violencia, el rezago educativo, la corrupción, el desempleo y subempleo, la opacidad del quehacer público, la parálisis legislativa, los excesos de los funcionarios públicos y de los poderosos, el irrespeto a los derechos humanos, entre muchas otras cosas más.

 

Si en verdad queremos que este México cambie, necesitamos hacer lo que nos corresponde, podemos comenzar a resolver los problemas que nos aquejan como comunidad, como estado, como país, trabajando directamente en nuestro entorno, en la escuela, en los grupos sociales y partidos políticos.

 

Es decir, ejercer nuestra ciudadanía plena, teniendo en cuenta que esta participación genera responsabilidades que es necesario atender para adoptar un estilo de vida que genera muchas satisfacciones personales y beneficios colectivos.

 

La política tiene que ser una actividad eminentemente ciudadana y no un encargo exclusivo y excluyente de unos cuantos. En un régimen democrático el ciudadano debe reconocerse plenamente como tal, como el sujeto y objeto de la política, no como objeto pasivo que se mueve al vaivén de lo que dictan otros.

 

Si en verdad queremos construir una nación más justa y equitativa, la respuesta está en la participación seria y responsable en la cosa pública. Dejando de lado todo aquello que nos divide y poniendo sobre la mesa todo aquello en lo que coincidimos para alcanzar los acuerdos necesarios para avanzar a un estadio superior y mejor para todos.