El incendio ocurrido en la catedral de Notre Dame en Paris el pasado 15 de abril nos permite traer a escena un tema verdaderamente importante, recodar la importancia del Cristianismo en general y de la Iglesia Católica en particular en nuestra civilización. Pues fue gracias esta forma de ver el mundo que se logró los maravillosos avances hacia las luces que la especie humana es capaz de concebir, en dos mil años se ha logrado construir la civilización como la conocemos actualmente, gracias a esto dejamos la barbarie y el salvajismo, que fue la constante en los milenios anteriores, para dar paso a las más elevadas virtudes y más civilizados modos de vida.

 

Lo anterior es un hecho que reconocen grandes pensadores pues la religión representa una forma de pensamiento que permite el desarrollo espiritual, mental y material del hombre. Por ejemplo, Adam Smith en Teoría de los sentimientos morales nos dice: «la religión, incluso en su forma más burda, sanciona las normas morales mucho antes que la era del razonamiento artificial y de la filosofía». Ayn Rand en una carta a un religioso señala: «el Cristianismo fue la primera escuela de pensamiento que proclamó la suprema santidad del individuo. El principal deber de un cristiano es la salvación de su propia alma. Ese deber está por encima de cualquier deber que pueda tener con sus hermanos. Esa es la afirmación básica del verdadero individualismo». Friederich Hayek en La fatal arrogancia dice: «hasta el agnóstico tendrá que admitir que debemos nuestros esquemas morales, así como la tradición que no sólo ha generado la civilización, sino que ha hecho posible nuestra supervivencia, a la fidelidad a tales requerimientos religiosos, por más infundados científicamente que puedan parecernos»

 

Y es que el Cristianismo ha adoptado formas de vida que han resultado muy beneficiosas para la humanidad (en el mundo occidental); la cooperación social y la división del trabajo es lo que ha producido riqueza como nunca antes había existido y esto es posible gracias a las relaciones sociales que propicia el Cristianismo, así lo menciona Murray Rothbard: «pocas personas tienen la habilidad o la inclinación de forjar un sistema ético por su cuenta, esto significa que deberían—si sus acciones deben guiarse por un conjunto coherente de valores— tomarlos de forma pasiva, casi en confianza. Pero, ¿quiénes son las masas de hombres en quienes confiar para su sistema de valores? Seguramente ese sistema con la tradición más larga y exitosa, con el mayor número de grandes mentes, en resumen, la ética cristiana». Esto lo han reconocido otras culturas que no han tenido más opción que adoptar esta forma de ver el mundo para lograr un progreso significativo, lo cual podemos leer con Niall Ferguson en Civilización, occidente y el resto citando a un erudito chino de la Academia de Ciencias Sociales China: «Se nos pidió que examináramos qué era lo que explicaba la preeminencia... de Occidente en todo el mundo... Al principio pensamos que era porque vosotros teníais armas más poderosas que nosotros. Luego pensamos que era porque vosotros teníais el mejor sistema político. Luego nos centramos en vuestro sistema económico. Pero en los últimos veinte años hemos comprendido que el corazón de vuestra cultura es vuestra religión: el cristianismo. Es por eso por lo que Occidente ha sido tan poderoso. El fundamento moral cristiano de la vida social y cultural fue lo que hizo posible el surgimiento del capitalismo. No tenemos ninguna duda de ello.»

 

Este orden social es el fundamento de un orden jurídico que trasciende lugar y época que permite el desarrollo de nuestra civilización y es por ello que los enemigos de la civilización buscan destruir este fundamento: el Cristianismo. Frank van Dun en Ius Natural y Derechos Naturales nos lo explica en estas líneas: «un motivo poderoso para desacreditar la justicia en el mundo occidental proviene del hecho de que ésta es central para la visión cristiana de la condición humana. Con el nacimiento de los movimientos anticristianos y anticlericales en Europa, muchas personas han creído que sus críticas de las teologías cristianas y prácticas de la Iglesia, las cuales son válidas algunas veces, deben extenderse a todo aquello que la tradición cristiana defiende, especialmente su compromiso con la justicia como la virtud primaria de las relaciones humanas.

 

Algunas veces estas críticas van aún más allá, llegando a la destrucción de cualquier noción moral, sea cristiana o no. En este sentido, muchos han sido persuadidos de apoyar la ideología según la cual la humanidad debe liberarse de “las cadenas de la moralidad” y debe enseñársele a vivir “más allá del bien y del mal” o más allá “de la libertad y de la dignidad”. El argumento sugiere que esto sería para el bien del hombre, claro que no para su bien “moral” sino para su bien “utilitario”, es decir, para la satisfacción de sus deseos.»

Alexis de Tocqueville en La democracia en América nos habla de la estrecha relación entre la libertad y la religión al mencionarnos que: «la libertad ve en la religión a la compañera de sus luchas y de sus triunfos; la cuna de su infancia y la fuente divina de sus derechos. Considera a la religión como la salvaguardia de sus costumbres y a las costumbres como garantía de las leyes y la prenda de su propia duración». Tan importante es la religión que cuando esta es abandonada los hombres deben prepararse para la esclavitud, siguiendo a Tocqueville nos señala lo siguiente a este respecto: «cuando la religión se destruye en un pueblo, la duda se apodera de las regiones más altas de la inteligencia y medio paraliza todas las demás. Cada uno se habitúa a tener nociones variables y confusas sobre las materias que más interesan a sus semejantes y a sí mismo; defiende mal sus opiniones o las abandona; y, como se siente incapaz de resolver por sí solo los mayores problemas que el destino humano presenta, se reduce cobardemente a no pensar en ellos.

 

Semejante estado no puede menos que debilitar las almas, aflojar los resortes de la voluntad y preparar a los ciudadanos para la esclavitud. No sólo ocurre entonces que ellos se dejan usurpar su libertad, sino que aún, con frecuencia, la abandonan».

 

Es momento de defender el corazón de nuestra civilización, el Cristianismo, independientemente de sus diferentes interpretaciones debemos reconocer su importancia y resaltar sus valores y sus enseñanzas. Lo de Notre Dame es un símbolo de lo que le ha venido ocurriendo al Cristianismo, por lo menos, en el último siglo: su destrucción. Los enemigos de la libertad han encontrado el pilar de las sociedades libres, la religión, y van a atentar contra esta pues con ella destruirían la familia cuna de la propiedad privada, clave de las sociedades libres. A final estos son los tres pilares de nuestra civilización; Dios, familia y hogar, y en el centro está la religión sosteniendo todo, sin esta nuestra fuerza se desvanece y todo lo que valoramos será destruido. No dejemos que nos arrebaten dos milenos de tradición, de cultura, de arte, de costumbres que han permitido al hombre alcanzar el crecimiento espiritual, mental y material como nunca antes había existido: defendamos la civilización. Pues como lo diría Rothbard: «todo lo bueno en la civilización occidental, desde la libertad individual hasta las artes, se debe al Cristianismo».

 

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