Hoy el Baúl de los Recuerdos le comenta que la barda del atrio no siempre fue así. Antes, era una barda de adobe que tenía aproximadamente 90 centímetros de ancho. En esos tiempos llegó el Padre Cástulo Murueta. El presbítero era un hombre dinámico, alegre y bonachón, que pronto se ganó la admiración de los feligreses. A su llegada, el templo estaba seriamente abandonado. Lo que hoy es el templo de San Cosme y Damián, eran ruinas. Contándose que en este lugar chillaba y se quejaba el muerto. El Padre Murueta ordenó limpiar el lugar, hallándose cientos de restos humanos, los que amontonaron y quemaron. Esta fue la primera obra del sacerdote. Para después echarse a cuestas la responsabilidad de construir un atrio moderno, a la altura de la arquitectura del templo. 

 

 

Los feligreses se mostraron incrédulos, pues la empresa era aventurada, ante este clima adverso, el sacerdote desmayó en su empeño, logrando integrar una comisión Pro Obras Materiales para que se encargara de la construcción del atrio parroquial. La Comisión quedó integrada por Don Pablo Romero M., como Presidente. Martín Pérez Flores como Secretario, que a su vez fungía como Secretario del Juzgado de 1ª Instancia, y como Tesorero el taxista y cantinero Manuel Sánchez Abríz

 

La Comisión pidió al Pintor Desiderio Hernández Xochitiotzin, realizara el proyecto, en menos de tres meses les presentaba el dibujo, que a todo el pueblo le pareció fantástico, por lo que el Ing. Rafael Jara, Jefe del Departamento de Obras Públicas del Gobierno del Estado, no tuvo inconveniente en aprobarlo, incluso, por órdenes del Gobernador Joaquín Cisneros Molina, fue el que dirigió la obra. Invitando al Obispo de Puebla-Tlaxcala Octaviano Márquez, para que pusiera la primera piedra, quien sólo envío a un representante de segundo nivel.

 

Cientos de parroquianos trabajaron armoniosamente en el derrumbe del atrio viejo. Pero, al derrumbarse la antigua barda, en el cimiento de ambas esquinas frontales, se encontraron dos restos humanos. Los fieles consideraron que fueron sepultados cuando se inició la construcción de la barda, hacía el año de 1893, pues se tenía la creencia que sepultando cadáveres en las construcciones, se dotaban de fortaleza, lo cierto es que un cráneo todavía tenía pelo. Los restos fueron sepultados, sin decaer el entusiasmo por proseguir los trabajos.

 

El derrumbe se terminó el 21 de junio de 1959, y ese mismo día el Canónigo Isaac González, a nombre del Arzobispo Octaviano Márquez y Toriz, bendecía y ponía la primera piedra del nuevo atrio: “durante un acto solemne al que concurrieron la mayoría de vecinos, de lo que será una gran obra de arte que dará prestigio a esta población” decía en su primera plana la edición de El Sol de Tlaxcala, del 22 de junio de este año de 1959. El costo sería de más de 200 000 pesos, debido a que el material que se utilizaría sería del tipo modernista, y desde luego, el proyecto se adaptó a la joya arquitectónica del templo parroquial.

 

Cientos de feligreses, ayudaban a los canteros labradores de Xaltocan y Zacualpan, mientras que el herrero José Sánchez se encargaba de hacer parte de los barandales, el resto fue hecho por herreros de la ciudad de Puebla, dichos barandales, se realizaron de acuerdo a las puertas de hierro forjado de 1895. El viaje de piedra de cantera, de Xaltocan a Zacatelco, tenía un costo de 40 pesos.

 

La piedra fue de Xaltocan y de Zacualpan. Las lajas de cantera que sirvieron para el piso, fueron extraídas de la hacienda Santa Águeda.” En ocho meses, los trabajos de los tres tramos estaban concluidos, gracias al empeño del padre Cástulo Murueta y el 29 de febrero de 1960, ponía la primera piedra del portón central, que iba a tener un costo de 40 000 pesos.  

 

El 7 de junio informó la Comisión, que no había dinero para proseguir la obra, en respuesta el 19 de junio de 1960 se realizó un baile en el Salón de Cabildos, con el propósito de recaudar fondos para continuar la obra del monumental atrio parroquial, organizado por las integrantes de la Acción Católica, siendo amenizado por el Grupo Brisa Tropical, y la orquesta Águilas de Oro de Zacualpan.

 

El centro de la población presentaba otro rostro,  el palacio municipal y el monumental atrio  daban otra fisonomía, sólo que parroquianos y tianguistas sin valorar estas construcciones, amarraban sus burros  y sus lazos, para proteger sus puestos, en los barandales del atrio y en las columnas del Palacio Municipal. Debido a esa situación, el presidente municipal Guadalupe Bermúdez, inició el proyecto para buscar otro espacio para el mercado y el tianguis, a efecto de que el lugar fuera ocupado por un parque municipal, que hiciera las veces de la Plaza de Armas y Zócalo.

 

La culminación de la monumental obra del atrio parroquial, ya no fue inaugurada por el Padre Cástulo Murueta, pero dejó un avance de más del 95 %, siendo comisionado a la parroquia de Cuétzalan del Progreso, donde cientos de zacatelquenses le acompañaron, dejando un hueco difícil de llenar.

Si observamos con detenimiento el  piso del atrio, podemos ver que el enlajado es de diferentes formas y colores, esto es debido a que se fue haciendo en diferentes etapas y los donadores fueron diversos. Por ese motivo el atrio está hecho en tramos. Por otra parte, hasta hace unos meses podíamos ver que en el piso del atrio había unas placas de cerámica que hacían de conocimiento a las personas que fueron sepultadas en el atrio, lo que indica que también funcionó como panteón.

 

Bibliografía:

Crónicas de mi ciudad;  Autor. Cándido Portillo Cirio.

Fotografías: archivo personal

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