Nadie puede hacerte sentir inferior sin tu consentimiento.

Eleanor Roosevelt.

 

Al ser parte de una sociedad, estamos sometidos a una serie de condicionamientos en los que no se toma en cuenta nuestro parecer; simplemente crecemos y somos formados escuchando cotidianamente “cosas” que así son y así deben seguir siendo. Que alguien se atreva a querer cambiar esos condicionamientos, lo convertirá en foco de atención al ser juzgado, reprobado e incluso a ser relegado.

 

Dado que bajo esa idea crecimos quienes ahora somos padres, tendemos a querer repetir los mismos patrones con los hijos. De esta forma, queremos que los hijos piensen, prefieran, hablen y actúen como nosotros los padres. Sin embargo, la realidad es otra: los hijos tienen derecho a pensar diferente, a tener proyecto de vida propio, a tener gustos, habilidades, preferencias y expresiones diferentes a las de sus padres. Cada hijo es una persona completa, con ideas, sueños, proyectos y vida diferente a la de sus padres.

 

Los padres verbalmente reprobamos la discriminación; sin embargo, somos los primeros que juzgamos y reprobamos que nuestros hijos sean diferentes a lo que consideramos correcto o aceptado. Los padres juzgamos y reprobamos a jóvenes cuando usan tatuajes, se pintan el cabello de azul, se visten en forma extravagante, usan corte de cabello extraño o tienen preferencia por personas de su mismo sexo. Porque hace años todo esto era mal visto o era pecaminoso y nos hicieron creer que teníamos derecho a juzgar y a reprobar.

 

Los padres amamos a los hijos y debemos entender que son diferentes a nosotros, no obstante que nosotros los formamos como personas. Pretender que los padres vamos a determinar el rumbo de las vidas de nuestros hijos es un grave error que nos puede llevar a perder el respeto y la confianza de los hijos. Hay padres que se arriesgan a opinar sobre la elección de la pareja adecuada para sus hijos, hay otros que osan pedir nietos a sus hijos con el argumento de querer ser abuelos.

Cada ser humano tiene todas las facultades sobre su propia vida y sus decisiones solamente, las vidas de los demás son ajenas y nadie tiene facultades sobre la vida de otra persona. En este sentido, las consecuencias que se deriven de las decisiones tienen que ser asumidas por cada uno, y no se puede responsabilizar a la persona de junto simplemente porque ahí está o porque no se tiene la madurez para aceptar las consecuencias.

 

Con ligereza hay quienes ofenden verbalmente a espaldas, reprueban con gestos o señas, pero olvidamos que eso es lo que estamos enseñando a los hijos. Si queremos que los hijos sean respetuosos, los padres debemos respetar a propios y extraños.

 

Para enseñar a los hijos a no discriminar, los padres debemos respetar las diferencias que observemos en los hijos propios o en otras personas, esto se llama congruencia. Los adultos estamos obligados a ser congruentes, pues de lo contrario estaremos formando hijos que también juzgan y discriminan a otros.