- Tengo miedo de herir el corazón de alguien.

- ¿Por qué? (Suspiré)

- Porque sé como duele.

El principito.

 

Una parte que nos hace humanos es condolerse ante el dolor o desgracia del otro, aunque a veces se nos olvida. A menudo creemos tener el derecho de juzgar a hijos, padres, hermanos, vecinos, conocidos y desconocidos; sin embargo esa no es una buena costumbre porque nos distrae y no aporta nada positivo cuando se hace sin el propósito de ayudar.

 

Juzgamos rápido y con mucha facilidad a las personas por la forma de vestir o de pensar, de hablar o de peinarse, por el color de piel o sus rasgos físicos, por el lugar de origen, por la música que prefieren, por la religión que profesan, por sus preferencias sexuales o por cualquier otro rasgo distinto a lo que soy yo. Es así como nos dejamos llevar por una fuerza inercial que consideramos “nuestro derecho” y hablamos con ligereza de aquello que consideramos no aceptado. Lo peor es cuando advertimos defectos en otros pero no en nosotros aunque tengamos esos mismos defectos.

 

Como sabemos, nadie es perfecto en cuanto a su forma de ser o, como dice los dichos bien dichos “Nadie es monedita de oro para caerle bien a todos” y/o “Se ve la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio”, así debemos asumir que somos imperfectos y, por lo tanto, vamos a discrepar con otros en muchos sentidos. No obstante, todos somos seres humanos y nos corresponde rescatarnos y dejar de juzgarnos con comentarios o actitudes que hieren. Hay que llevar a la práctica aquel precepto fundamental de: “Trata a los demás como te gustaría que te trataran”.

 

La próxima vez que pienses que la gente habla o juzga, recuerda que eres parte de esa gente y que tú, sólo tú puedes hacer la diferencia. Sólo es respetar todo lo diferente a nosotros. No tenemos derecho a enjuiciar o a reprobar las actitudes de los demás, porque de hacerlo no faltará quien nos juzgue a nosotros y nos haga pedazos.

 

Como padres o madres los hijos aprenden este tipo de actitudes en casa y, por ende, tenderán a hacer lo mismo. En cambio, si observan que somos respetuosos de las diferencias, entonces aprenderán a respetar y a aceptar esas diferencias que enriquecen a la humanidad. Una forma práctica de generar empatía con los demás es que al percibir esas diferencias pensemos: “Esa persona podría ser mi mamá, mi hermana o quizá mi hija” y entonces amorosamente aceptar las diferencias que percibo entre ella y yo. Ver a un anciano vulnerable, lejos de darnos derecho a juzgar su situación o su apariencia, nos debe llevar a tener compasión por él, ya que podría ser mi abuelo o mi papá. Ver a una niña maltratada, nos debería motivar a pensar si hay algo que podamos hacer para ayudar a mejorar su situación y no a juzgar qué hicieron bien o mal sus padres.

 

Cuando logremos asimilar que los demás son personas y tienen derechos iguales a nuestros derechos, cuando logremos verlos como iguales a pesar de las diferencias, con ojos comprensivos y tolerantes entonces hemos dado un gran paso hacia la civilidad humana y hacia una vida socialmente armónica.