Hace rato llegaron, y tienen tanto poder que los maestros les temen, porque no están solos, los respaldan sus papás y otros miembros de las voraces redes del narcotráfico

 

Esto se da en algún salón de secundaria o de bachillerato. Hay pruebas de que el estudiante equis es en realidad un narco, un distribuidor de marihuana o cocaína, o anfetaminas.

 

Pero el susodicho ni se inmuta. Asiste a la escuela y mata dos pájaros de un solo tiro. Como puede va sacando sus estudios de nivel medio… y ayuda en la economía a sus papás con su singular mercado.

 

Obvio, sus maestros van a reaccionar. Unos, de forma más violenta que otros: -“¿Cómo que vendes droga a tus compañeros?, ¡esto lo va a saber el director!”

 

Y mientras nuestro estudiante equis ni se inmuta –claro que sigue con su comercio de estupefacientes entre la población estudiantil- el personal docente no da tregua a sus sorpresas.

 

…ayer llegó el tutor de equis (el narco-estudiante). Y sin levantar la voz pidió a los escandalizados maestros iniciar un diálogo… inteligente:

 

-“Ustedes tienen hijos, verdad, aman a su familia, ¿verdad?, pues no la expongan a que salga lastimada, porque alguno de ellos puede resultar afectado… o hasta muerto. Mejor dejen las cosas como están, déjenos trabajar, y todos contentos. Ah, y no denuncien porque les va peor”.

 

El narco ha invadido infinidad de planteles educativos en Tlaxcala. Hace tiempo de ello.

 

Eventualmente hay operación mochila. Y llegan los de la gendarmería con todo y botas nuevas a corroborar que no haya productos prohibidos entre las pertenencias de los muchachos.

Generalmente encuentran todo sin novedad.

 

Los maestros, pues analizan su circunstancia. Si denuncian pierden. Si no denuncian son cómplices de la invasión del narcotráfico en las escuelas.

 

Un día cualquiera en el salón de clases. La maestra aplica un examen. Casi todos lo contestan, menos uno: equis. Su mirada ya ni siquiera es retadora. Se hace un silencio porque todos, educandos y maestra tienen su nivel de complicidad.

 

Pasados esos segundos, todos saben que la vida sigue. Dan la vuelta a la página. Suponen superada esa, que antes era crisis pero hoy es parte de la cotidianeidad.

 

Suelen esas familias del narco socializar durante el tiempo que dura su estancia. Saben que en cualquier momento levantan el vuelo. Y no dejan rastro.

 

Nos ha tocado una etapa vertiginosa.

 

La brecha se abre entre generaciones sin compromiso y sus padres y maestros, apanicados por los nuevos estilos de vida… eso que los espantados llaman ausencia de valores.

 

En las redes sociales puede palparse la degradación. No falta el video o la información cierta o falsa, con descripciones profusas de esto, que desde líneas arriba hemos llamado: falta de compromiso.

 

Pretextos, abundan. Si cada cual en la familia pasa demasiado tiempo en su teléfono móvil. Si la mamá y el papá reconocen su debilidad ante las necedades de los hijos, y entonces se refugian en sus templos intentando olvidarse que los suyos andan en malos pasos. Con oraciones mil intentan recuperarlos.

 

¿Y los que no tienen ni papá ni mamá?

 

Si la escuela está invadida por el narco. Si en la calle unos días matan y otros también, creo que es momento de hacer compromisos. “Hoy no consumo”, puede ser uno de ellos. Y hasta lo podemos acompañar del: “solo por hoy”.

 

Otro puede ser: “hoy paso tiempo de calidad con mi familia”. “Hoy me aplico a fondo como maestro, como supervisor, como secretario de Educación, y analizo sin escandalizarme hasta dónde está invadida la educación por este fenómeno, imparable y riesgoso”.

 

“Hoy, dejo de gritar que Tlaxcala es uno de los estados más seguros del país, y le procuro a las nuevas generaciones el diálogo honesto que debe mediar entre una sociedad a la que ha llegado la amenaza del narco. Y llegó para quedarse”.

 

No hay forma de exterminarlo. Se nos metió hasta la médula.

 

Pero sí de tener información, de actualizarnos, de dejarnos de dar golpes de pecho y cada uno, en la medida que pueda trate de mantener una vida digna, en los parámetros de la decencia y consciente que en cualquier momento, el miembro más vulnerable de la familia puede caer en las garras de estos demonios, sueltos en las calles, escuelas, antros, gimnasios, clubes, en fin, omnipresentes.

 

Si no nos cuidamos nosotros, nadie nos va a cuidar.

 

Si acaso, nos ayudarán acercándonos hojitas para llenarlas con datos que nos coloquen en las estadísticas.

 

A, por cierto, a mayor abandono de nuestros familiares y seres queridos vulnerables, aumenta el riesgo de que consuman por primera vez, o recaigan.

 

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