REPORTAJE. Eran venerados en ciertas festividades, eran sagrados y tenían un importante simbolismo, señala Raúl Barrera Rodríguez, responsable del Proyecto de Arqueología Urbana (PAU) del INAH. Los especialistas han estudiado árboles en el Templo Mayor, el Centro Cultural de España y la Casa del Marqués del Apartado.

 

Restos de árbol sagrado (encino) en el nuevo espacio museográfico en la Plaza Manuel Gamio que sirve de acceso al Templo Mayor. Tronco de encino (árbol sagrado) de la época del gobierno de Moctezuma I (1440-1469). (Fotos: Raúl Barrera)

 

Los árboles eran elementos sagrados para las culturas antiguas y en la Ciudad de México existen vestigios de ahuejotes, ahuehuetes y encinos que fueron plantados hace más de 500 años en lo que hoy conocemos como la zona arqueológica de Templo Mayor, el Centro Cultural de España y la Casa del Marqués del Apartado.

 

El arqueólogo Raúl Barrera Rodríguez, responsable del Proyecto de Arqueología Urbana (PAU) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), platica con Crónica sobre esos vestigios hallados en el corazón del Centro Histórico de la Ciudad.

 

ENCINO SAGRADO. En el año 2011 arqueólogos del Proyecto Templo Mayor, liderados por Leonardo López Luján, hallaron el cuauhxicalco: un edificio circular mencionado en las fuentes históricas como lugar de enterramientos de varios tlatoanis mexicas, y a unos pasos de esa estructura apareció un arriate de piedra y estuco con los vestigios de un árbol.

 

“Durante los trabajos que realizamos en 2009-2012 para construir un nuevo vestíbulo en Templo Mayor llevamos el control de todos los materiales encontrados en excavación y hacia el extremo noreste del nuevo acceso —cuyas medidas son 50 metros de largo por 24 de ancho y 6 metros de profundidad—, empezaron a aparecer restos de un tronco, de un árbol muerto”, narra Raúl Barrera.

 

En ese momento, los arqueólogos desconocían de qué se trataba, pero curiosamente ese hallazgo se encontraba debajo del límite sur de la calle de Guatemala, es decir, debajo de los cimientos del extinto Seminario Conciliar de la Catedral Metropolitana, en la esquina de las calles Guatemala y Seminario.

 

A esa altura aparecieron los restos de un árbol y en la parte superior del tronco había una oquedad con esculturas. “Era un hueco oval y adentro había 12 fragmentos de esculturas, éstas fueron matadas por los mismos mexicas. Fue un depósito ritual el que ahí se hizo”, comenta el arqueólogo.

 

Conforme avanzó la excavación, los especialistas se percataron de que era un tronco abierto en dos brazos.

 

“Suponemos que eso tiene un simbolismo, que fue intencionalmente hecho por los mismos mexicas. Al continuar con la liberación del tronco, vimos que tenía en la base una estructura circular, a manera de arriate, de 90 centímetros de diámetro y  70 centímetros de altura aproximadamente, es un muro circular que le sirve de base al tronco, hecho de piedra de tezontle unida con lodo y con un recubrimiento de estuco totalmente prehispánico, de la época de Moctezuma I y, por tanto, contemporáneo con el cuauhxicalco”, explica.

 

La especialista encargada de identificar la especie del árbol hallado fue la bióloga Aurora Montúfar quien determinó que se trata de un encino.

 

“A nosotros nos sorprendió porque estos árboles no son propios de zona lacustre, son de bosques, de la parte alta de las montañas, a una cierta altura de climas templados”, comenta Raúl Barrera.

 

Ese encino posiblemente fue llevado desde la periferia de Tenochtitlan hasta Templo Mayor.

 

“Con este árbol nos damos cuenta de la importancia de los árboles, porque eran venerados en ciertas festividades, eran sagrados y tenían un importante simbolismo”, detalla.

 

ÁRBOLES DEL CALMECAC. En el Centro Cultural de España, ubicado en República de Guatemala 18, a unos pasos de la zona arqueológica de Templo Mayor, se encuentran los vestigios de la escuela de los nobles mexicas: el Calmecac, y durante su excavación los investigadores hallaron vestigios de árboles.

 

“Son unos tronquitos casi deshechos de ahuejotes, tipo de árbol que tiende a desaparecer muy pronto por la acción del agua y humedad. La bióloga Aurora Montúfar hizo la identificación de la especie y suponemos que eran árboles que se levantaban frente al edificio de Calmecac”, comenta Raúl Barrera.

 

Los ahuejotes son árboles endémicos de México que suelen cultivarse a las orillas de canales y presas, por lo que su registro en varias excavaciones arqueológicas de la antigua ciudad de Tenochtitlán no es extraño.

 

“En las chinampas se utilizó mucho el ahuejote, por ejemplo, en la esquina de las calles Lorenzo Boturini y Clavijero, donde se encontraba la refresquera Pascual, hicimos excavaciones por parte de la Dirección de Salvamento Arqueológico y ahí habían chinampas, pero no encontramos troncos ni árboles, únicamente oquedades que servían para delimitar las chinampas y suponemos que esos restos debieron ser ahuejotes”, platica.

 

Lo que es común encontrar en excavaciones, añade Raúl Barrera, son pilotes de madera para cimentar edificios prehispánicos.

 

“Esa técnica los mexicas la emplearon porque como la ciudad era una zona muy fangonsa, plantaban estacas, sobre ésas consolidaban el terreno y a partir de ahí desplantaban sus edificios. Esas estacas las hemos encontrados en varias excavaciones, por ejemplo, en el Centro Cultural de España hay una que funcionó como pilote y está en exhibición en el museo de sitio”, señala.

 

CASA DE LOS DIOSES. En el número 12 de la calle de Argentina esquina con Donceles, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, se ubica la Casa del Marqués del Apartado donde, desde el siglo pasado, se hallaron los restos de un árbol.

 

“Ahí se ubican los vestigios de un ahuehuete, los restos de un tronco que encontró Leopoldo Batres en 1901 cuando hizo la rehabilitación de ese edificio en la época de Porfirio Díaz. Ahí se hicieron hallazgos muy importantes: una gran escultura de basalto con la representación de una xiuhcoatl (serpiente de fuego), y el de un ocelotl cuauhxicalli. La primera actualmente se exhibe en el Museo de Templo Mayor, y la segunda en la sala mexica del Museo Nacional de Antropología”, explica Raúl Barrera.

 

Dichos hallazgos motivaron a que Leopoldo Batres continuara con la excavación y pronto encontró los restos de una escalinata triple que probablemente tuvo en su parte superior tres templos.

 

“La función de esa plataforma no la sabemos en este momento, hay propuestas de que probablemente haya formado parte de Coateocalli, el lugar donde encerraban a los diversos dioses, aunque no podemos asegurarlo porque no tenemos elementos”, señala el arqueólogo.

 

En la base de esa plataforma los expertos hallaron una alfarda acondicionada para proteger un árbol, que corresponde a un ahuehuete, el cual se mantuvo, al menos, desde el año 1470 hasta las posteriores remodelaciones que se hicieron en la estructura hasta antes de la llegada de los españoles.

 

“Lo que hicieron fue hacer una especie de un cubo y ahí quedó protegido el árbol, mismo que siguió existiendo en las etapas siguientes”, precisa Raúl Barrera.

 

FIESTAS DEL ÁRBOL. ¿Qué significaron los árboles para los mexicas? Es una pregunta de la cual se tienen pocos datos, no obstante, existe documentación sobre dos fiestas donde los árboles eran los protagonistas: Xócotl Huetzi y Huey Tzozotli.

 

 

 

“La fiesta de Xócotl Huetzi se llevaba a cabo en el mes diez, es decir, más o menos del 24 de agosto al 12 de septiembre. Xócotl Huetzi quiere decir el fruto que cae. Esa fiesta, dice Sahagún, tenía relación con el dios del fuego Xiuhtecuhtli y con el Día de Muertos; lo que hacía era ir a la parte alta de los cerros donde los sacerdotes seleccionaban un árbol que era preparado de manera cuidadosa”, narra Raúl Barrera.

 

Se elegían una especie de maderas y una base para transportarlo al Templo Mayor, en tanto, al pasar por diferentes pueblos se le hacía fiesta y ceremonias. Ya en Templo Mayor el árbol era plantado, adornado con tiras de papel y se realizaban varias actividades, incluso, sacrificios humanos. Al final, el árbol era derribado como parte del ritual.

 

“Esos árboles tienen una relación y simbolismo con la fertilidad de la tierra y lo que se está haciendo en ese ritual es pedir favores de los dioses para que ellos sean generosos y puedan tener un beneficio en cuanto a temas agrícolas”, explica.

 

— ¿Qué representaron los árboles para las antiguas culturas?

 

— Representaciones cósmicas porque sus ramas, cuando se expanden sostienen la bóveda celeste, pero a través de las ramas y por el tronco entran energías cósmicas que se extienden al plano terrenal. Aunque también entran al inframundo a través de las raíces. Las energías pueden ser buenas y malas, pero se pretendían que llegaran las cosas buenas.

 

En la fiesta del Huey Tozoz­tli  se representaba la imagen del cosmos con cuatro árboles que indicaban las cuatro esquinas del mundo y uno puesto en medio, el cual era de gran tamaño. De acuerdo con Eduardo Matos Moctezuma, en el libro Tenochtitlan, en esa fiesta se buscaba la apariencia de un cerro o montaña.

 

“La apariencia de cerro o montaña se lograba en la fiesta de Huey Tozoztli, cuando se cubría el lado de Tláloc con ramas, árboles, maleza y rocas, tal como lo señala Durán:

 

“Todas estas fiestas y juegos se hacían en un bosque que se hacía en el patio del templo, delante de la imagen del ídolo Tláloc, en medio del cual bosque hincaban un árbol altísimo, el más alto que en el bosque podían hallar, al cual ponían por nombre ‘Tota’, que quiere decir ‘Nuestro Padre’ […] antes del día propio de la fiesta de este ídolo hacían un bosque pequeño en el patio del templo, delante del oratorio de este ídolo Tlaloc, donde ponían muchos matorrales y montecillos y ramas peñasquillos que parecían cosa natural y no compuesta y fingida”.