Arte. Fue un regalo divino en el mundo náhuatl. Si entre los griegos se debió a las musas, en especial a Euterpe, la que deleita, entre los nahuas fue Ehécatl, dios del viento, el que la trajo a la Tierra, escribió Miguel León-Portilla en su libro La música en la literatura náhuatl

 

Las culturas prehispánicas no escribieron la música que crearon como tampoco lo hicieron los griegos o egipcios, es por ello que Miguel León-Portilla (1926-2019) a través de evidencias arqueológicas, códices y textos religiosos recuperó los pocos testigos indígenas que esa producción artística en el texto La música en la literatura náhuatl que ahora edita El Colegio Nacional en su colección Opúsculos.

 

Crónica presenta algunos pensamientos del nahuatlato más importante del siglo XX y XIX, así como una entrevista con Horacio Franco, Premio Crónica 2016, para responder la pregunta: ¿qué música escucharon los españoles cuando llegaron a México hace 500 años?.

 

“¿De qué forma estuvo presente la música en el universo de la cultura náhuatl? En su origen, fue un regalo de los dioses. Luego acompañó su existencia, sus fiestas, sus bailes sus cantos y sus plegarias. La música fomentó su florecer a través de los siglos hasta el día en el que pueblo náhuatl y su cultura parecieron morir”, escribió León-Portilla en el artículo originalmente publicado en 2007 en la revista Pauta. Cuadernos de Teoría y Crítica Musical, dirigida por Mario Lavista.

 

El filósofo escribió que “también la música fue un regalo divino en el mundo náhuatl. Si entre los griegos se debió a las musas, en especial a Euterpe, la que deleita, entre los nahuas fue Ehécatl, dios del viento, el que la trajo a la Tierra”.

 

Más adelante, León-Portilla detalla que los libros de canto se llamaban, cuicaámatl, “eran códices en los que con imágenes y anotaciones jeroglíficas se registraba el meollo de los cantos” y señala que en ciudades del Valle de México existieron escuelas de canto, fue el caso de Culhuacán, Xochimilco, Chalco y México-Tenochtitlan.

 

“En tales centros de población y en otros varios no sólo se escuchó en múltiples ocasiones la música, sino que también, para hacerla perdurable y transmisible, había escuelas dedicadas particularmente al cultivo de enseñanza de ella. Tales escuelas recibían el nombre de cuicacalli: casas de canto”.

 

Además, añade el texto de León-Portilla, “en los otros centros de educación, los telpochcalli, casas de jóvenes, y los Calmécac, escuelas sacerdotales, entre las materias que se impartían tenía lugar prominente la transmisión de los teocuícatl, himnos sagrados, y los otros cantos que se entonaban en las fiestas”.

 

Los cantos siempre eran acompañados por música de instrumentos como: huehuétl, teponaztli, ólmaitl, áyotl, chicahuaztli, omicahuaztli y oyohualli. De estos instrumentos se tiene conocimiento por las evidencias arqueológicas y por las representaciones que los indígenas hicieron en códices antes y después de la Conquista.

 

SIN MÚSICA ESCRITA. “No se puede hablar de música prehispánica porque no tenemos registrado cómo era, podemos suponer su sonido pero es algo que no sabremos. Sólo podemos acceder a los instrumentos que están conservados y a la iconografía”, señala el flautista Horacio Franco.

 

El también curador del Festival de Música Antigua que este año se llamó La música en tiempos de Hernán Cortés (organizado el mes pasado en el Museo Nacional del Virreinato), indica que existe la música indígena actual, pero se encuentra muy modificada.

 

“Hace 500 años los indígenas no tenían instrumentos de cuerdas, sólo percusiones y alientos, lo cual limita mucho el rango de música que se puede hacer. A México se importaron las guitarras mucho tiempo después, lo mismo que violines y flautas europeas. Ellos tenían conchas e instrumentos que vale la pena rescatar para conocer qué gamas y escalas tenían”, comenta.

 

Franco lamenta que no podamos saber cómo eran sus obras, porque al igual que todas las culturas antiguas, los indígenas de México no hicieron escritura de música.

 

“No aprendieron a escribir la música, ni los mayas ni los mexicas como tampoco los romanos, egipcios, chinos ni los mesopotámicos, nunca inventaron un sistema de escritura musical, eso quiere decir que nunca vamos a saber cómo era la música en los tiempos de Ramsés II, de Platón o Aristóteles porque no aprendieron a escribirla”, señala. 

 

Después de la caída de Tenochtitlan, comenzó la construcción de la Nueva España y con ello, la edificación de catedrales y la exportación de obras e instrumentos musicales.

 

“Cuando los españoles llegaron al país, lo que hicieron en la Nueva España fue música religiosa en latín, también hicieron villancicos en español y náhuatl, siempre con inclinación moral. A esto se suma que la construcción de catedrales, donde se resguarda la música escrita más antigua del país, tardó decenas de años, tuvieron que pasar muchos años para que se empezaran a consolidar”, precisa.

 

Horacio Franco indica que en la región conquistada por los españoles existen villancicos en náhuatl y en otras lenguas originarias como el quechua, pero son una minoría, la mayoría —añade— es música sacra que se conserva en libros de coro y gregorianos.

 

Esas composiciones, señala el flautista, fueron sencillas pero bien hechas y a veces con influencia de músicas populares sin que llegaran a ser profanas.

 

“La culpa de eso lo tiene la contrarreforma y los reyes católicos que finalmente crearon una España ultraconservadora, misma que conquistó México, por eso toda la música del siglo XVI en el país fue ‘víctima’ de una Iglesia enormemente conservadora”, expresa.