La ceremonia de investidura se realizó ayer en el Palacio de Minería. Soy un buscador de lo perdido, dijo Eduardo Matos, Premio Crónica. México no está en su peor momento, asegura Josefina Zoraida

 

México vive un momento histórico en el que necesita palabras de aliento. Así lo expresaron ayer algunas de las mentes más brillantes de la República en el patio iluminado de un edificio centenario, durante una ceremonia de protocolo impresionante: la investidura de once mujeres y hombres como nuevos doctores Honoris causa de la Universidad Nacional Autónoma de México, en el Palacio de Minería.

 

Algunas de las mentes más brillantes del país confluyeron en ese punto del Centro Histrórico. médicos, filósofos, astrónomos, poetas, geógrafos, ingenieros, abogados. La “crema y nata” de la UNAM, según palabras de algunos organizadores. Todos participaron, como público o protagonistas, de un ritual que comenzó hace 107 años, la entrega de un grado académico superlativo: el máximo reconocimiento de la máxima casa de estudios de México: el doctorado meritorio por aportaciones extraordinarias a la docencia y la investigación.

 

Son once líderes en sus respectivos campos. Todos ellos grandes, todos ellos humildes: “Yo sólo soy un buscador de lo perdido. Una persona que penetra en el pasado para conocer a hombres y mujeres que ya no están”, expresó antes de recibir su doctorado el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, quien fue líder del proyecto de rescate del Templo Mayor de los mexicas y quien es el único mexicano que ha sido reconocido en Estados Unidos por la Universidad de Harvard, con una cátedra que lleva su nombre.

 

El arqueólogo Matos, ganador del Premio Crónica 2017, es investigador emérito del Instituto Nacional de Antropología e Historia y se dijo orgulloso y agradecido por los reconocimientos que ha recibido en fechas recientes, pero agregó sentirse apabullado por el doctorado que le entregaron ayer “¡Porque la UNAM es la UNAM!”, enunció en un video de semblanza que generó aplausos.

 

Así se fueron presentando los perfiles de cada una de las grandes mentes que fueron celebradas: nueve mexicanos y dos extranjeros. Son un grupo de excepción: la geógrafa María Francisca Atlántida Coll Oliva; la historiadora de las religiones María de las Mercedes Guadalupe de la Garza y Camino; el ingeniero especialista en estructuras antisísmicas Luis Esteva Maraboto; el filólogo y expresidente de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha; el abogado y politólogo Enrique González Pedrero;  el poeta y presidente de la Academia Mexicana de la Lengua, Jaime Labastida Ochoa; el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma; el novelista, guionista y periodista Leonardo Padura Fuentes; el neurofisiólogo Ranulfo Romo Trujillo; la astrónoma Silvia Torres Castilleja y la historiadora Josefina Zoraida Vázquez Vera.

 

Si el cerebro es materia y, de hecho, el cerebro es la máxima interacción de la materia, como explicó en un momento el neurofisiólogo Ranulfo Romo, dentro del Palacio de Minería había mucha interacción de la más fina materia. Era congruente, pues el edificio es, por sí mismo, una de las más valiosas joyas de arquitectura neoclásica americana.

 

Ahí se generó el llamado a cultivar autocrítica, pero también aliento, entre los mexicanos. La historiadora Josefina Zoraida Vázquez, investigadora de El Colegio de México, nueva doctora Honoris causa de la UNAM y responsable de pronunciar el discurso en nombre de los recién investidos hizo varias aclaraciones. Dijo que hay quienes afirman que México vive actualmente el peor momento de su historia, pero afirmó que esto es falso, pues el peor momento de la historia del país ocurrió entre 1845 y 1848, cuando las graves divisiones internas, combinadas con la conspiración de España, Francia e Inglaterra para imponer una monarquía mexicana, además del afán expansionista de Estados Unidos, nos llevaron a una guerra desigual con la que perdimos más de la mitad del territorio.

 

“Esto no significa que no tengamos que hacer un gran esfuerzo en el presente para poner orden dentro de la casa –dijo la historiadora que mucho tiempo colaboró en la elaboración de los libros de texto gratuitos—, pero también tenemos que crear un ambiente de esperanza y confianza en nosotros mismos y para ello es bueno recordar aquellos casos en los que hemos tenido éxito, que no son pocos. Entre ellos yo mencionaría la hazaña de nuestra universidad, la UNAM”.

 

Sus palabras fueron aplaudidas por otros tantos intelectuales presentes como público, por ejemplo el fisiólogo Pablo Rudomín, uno de los mayores expertos del mundo en médula espinal y Premio Crónica 2016; la filósofa Juliana González, quien es una de las mayores expertas en ética de Iberoamérica, el astrónomo Manuel Peimbert, cuyos descubrimientos han hecho que varios estelares lleven su nombre, y muchos muchos más: el poeta Eduardo Lizalde, el físico Jorge Flores, el director del FCE, José Carreño; la bióloga evolucionista Rosaura Ruiz; los ex rectores de la UNAM José Narro, Juan Ramón de la Fuente y Guillermo Soberón –médicos, los tres—. Y todos escuchaban y aplaudían las reflexiones y los gestos de la investidura.

 

Las insignias y las distinciones son objetos que comunican que la persona que las usa tiene un rango, una jerarquía, un conjunto de méritos que los distingue y separa. Por eso, cuando un hombre o una mujer recibe el grado de Doctor Honoris causa de la Universidad Nacional Autónoma de México, se le viste o inviste con una toga negra, una muceta con una línea color oro que le rodea los hombros y un birrete que se coloca en la cabeza y que es negro con líneas azules, rojas o amarillas, según la disciplina.

 

Luego habló el rector de la UNAM, Enrique Graue Wiechers, y también hizo un llamado a oponerse a la violencia, la intolerancia y la incomprensión, cultivando los valores universitarios:

 

“El reconocer al estudio, a la búsqueda incesante de la verdad y a la defensa irrestricta de la libertad, como valores a ser honrados por la Universidad, convierten en este evento académico en un aliento de esperanza, que debemos celebrar”, indicó el rector.

 

Todas las palabras de aliento cruzaron el aire en busca de la interacción entre las mentes. También cruzaron el aire las notas musicales de la Orquesta Juvenil Universitaria Eduardo Mata y el “Stacattto Coro Universitario Estudiantil”. El momento más emotivo en el recinto fue el final de una pieza especial del compositor Arturo Márquez que termina con el grito: “Goooya. Goooya. Cachún-cachún ra-ra. Cachún-cachún ra-ra…. Goooooya… ¡Universidaaad.