(Fragmento)

 

Primera parte

 

  1. Una templada noche

de tormenta

 

En diciembre pasado una mujer idéntica a mi esposa entró en mi departamento y cerró la puerta tras de sí. Actuaba con naturalidad. En un enorme bolso azul claro (que era el bolso de Rema) llevaba un cachorro rojizo. Yo jamás lo había visto. Mi verdadera esposa no solía acariciar a los perros en la calle, ni le gustaban los perros. El fresco aroma del champú de Rema impregnó el ambiente y, en medio de tanta desenvoltura, entrecerré los ojos para ver bien a aquella mujer y aquel perrito, y comprendí que algo muy raro estaba ocurriendo.

 

Ella, la mujer, la supuesta amante de los perros, se inclinó para quitarse los zapatos. Los cabellos le cubrían en parte la cara, y la migraña obstruía los bordes de mi visión, pero aun así lo vi: la misma forma de bajar la cremallera de las arrugadas botas, de quitarse el mismo abrigo azul cielo con enormes botones negros, de atusarse tras las orejas el pelo teñido de color maíz. El mismo flequillo recto, como el de las muñecas vestidas con trajes típicos que pasan toda su vida en estuches de plástico sostenidas por un alambre alrededor de la cintura. Todo era lo mismo, pero no era Rema. Lo sabía porque noté algo, una sensación. Como al final de un sueño, cuando a veces me digo a mí mismo: “Estoy soñando”. Recuerdo una vez que soñé que mi madre, que murió hace treinta y tres años, estaba tomando el té en la cocina y leyendo un periódico en cuya última página rezaba un titular: “Hombre equivocado, nombre correcto, condenado en un juicio por asesinato”. Me empeñé en leer el cuerpo del artículo, pero mi madre no dejaba de mover el periódico, de acomodarlo y de pasar las páginas, haciendo un ruido como el de una bandada de palomas emprendiendo un repentino vuelo. Cuando me desperté, busqué el periódico por toda la casa y en el cubo de la basura, pero no lo encontré.

 

—¡Oh! —exclamó el simulacro tranquilamente, reparando en la tenue luz—. Lo siento —imitaba el acento argentino de Rema a la perfección, con esas vocales tan abiertas—. ¿Tienes migraña? —apretó el delicado cachorro rojizo contra el pecho, y el perrito se estremeció. Me llevé un dedo a los labios para pedirle silencio, tal vez exagerando mi sufrimiento físico, pero también como un gesto sincero, porque estaba aterrado, aunque no sabía muy bien por qué.

 

— Después conocerás a tu nueva y amable amiga —susurró el simulacro para sí, o tal vez al perro o a mí. A continuación, realizó una notable imitación del andar un tanto irregular de Rema, pasó por delante de mí y entró en la cocina. La escuché poner la tetera al fuego.

 

—Te noto rara —acerté decir a la mujer que en ese momento no veía.

 

—Sí, la perra —respondió desde la cocina, reproduciendo a la perfección el acento extranjero de Rema. Y como si hubiese olvidado mi migraña, continuó hablando sin parar, tal vez de la perra o tal vez no, pues no logré concentrarme. Dijo algo sobre Chinatown. Y sobre un moribundo. Sin verla, sólo oyendo su voz y el tono de las habituales evasivas de Rema, me pareció que se trataba realmente de mi esposa.

 

La extraña impostora salió de la cocina poco después y me besó la frente; me ruboricé. Aquella joven se acercaba a mí en actitud íntima… ¿Y si la verdadera Rema entraba en cualquier momento y nos sorprendía?

 

—Rema debería haber llegado hace una hora —comenté. —Sí —afirmó inescrutable.

 

Has traído un perro —dije, procurando que no sonara como una acusación.

 

—Quiero que la ames; la conocerás cuando te sientas mejor, ahora me la llevaré…

 

—No creo que seas Rema —dije de pronto, sorprendido por mis propias palabras.

 

—¿Sigues enojado conmigo, Leo? —preguntó.

 

—No —respondí y hundí el rostro en los cojines del sofá—. Lo siento —murmuré al compacto tejido de lana de los cojines.

 

Se apartó de mi lado. Cuando el agua empezó a hervir (los crecientes y sonoros temblores de nuestra tetera me resultaban muy familiares), cogí el teléfono y marqué el número del móvil de Rema. Un timbrazo amortiguado dentro del bolso, un timbrazo no sintonizado con el sonido del auricular en mi mano, atrajo a la Rema artificial que entró al salón con el perro en brazos, mientras la tetera silbaba y las sirenas literalmente aullaban en la calle.

 

Se rió de mí.

 

En aquel momento yo era un psiquiatra de cincuenta y un años sin hospitalizaciones previas y sin antecedentes familiares, médicos o sociales relevantes.

 

Cuando la impostora se quedó dormida (con la perra en brazos, respirando sincrónicamente) registré el bolso azul claro de Rema, que olía levemente a perro. Pero cuando me di cuenta de lo que hacía (revisando resguardos de tarjetas de crédito, olisqueando su monedero, lamiendo el polvo de un chicle de canela), me sentí como el marido engañado de una película antigua. ¿Acaso creía que la aparición de aquel simulacro significaba que Rema me engañaba? Era como si esperase encontrar entradas de teatro, o una cigarrera con iniciales o un frasco de arsénico. Y sólo porque Rema era mucho más joven que yo, porque no siempre sabía dónde estaba o qué decía, en español, por teléfono a personas totalmente desconocidas para mí y por las que nunca se me había ocurrido preguntar; y esos aspectos tan normales de nuestra relación no indicaban, en absoluto, que hubiese estado o estuviese enamorada de alguna o de muchas otras personas. Y de todas formas, ¿no era irrelevante todo eso? ¿Por fuerza las infidelidades ocasionan desapariciones? ¿O apariciones falsas? ¿O apariciones de perros?